No hay más ciego que el que no quiere ver

Hace unos días se puso en contacto conmigo la «dueña» (así se identificó) de un centro educativo. Lo hizo porque había abierto una nueva escuela infantil en una zona de una gran ciudad y quería promocionarlo por el entorno más cercano a través de medios «presenciales». Tenía ya otras escuelas en otras zonas de la ciudad que le «iban muy bien» por lo que «ya sabía lo que hay que hacer para conseguir alumnos». Mientras hablaba por teléfono me puse a consultar su presencia en internet. Lo que ví me pareció muy mejorable y le comenté que quizá debería plantearse también mejorar su página web y su posicionamiento online para la nueva escuela. Inmediatamente noté un silencio sepulcral durante unos pocos segundos y cómo cambiaba completamente el tono de la conversación. Me dijo de forma muy seca: «envíeme una propuesta por correo electrónico y ya la valoraré».  Lo raro es que no me la pidiera por correo postal o que se la enviara por paloma mensajera dada su poca fe en los medios virtuales. Ni siquiera se molestó en darme acuse de recibo y no he vuelto a saber de ella.

Más allá de la ironía, lo cierto y verdad, es que a lo largo de mi vida profesional como consultor o, si lo prefieren, simplemente como profesional del marketing y la comunicación, me he encontrado que muchos clientes no quieren ver ni oír lo que no quieren. Lo tienen todo muy claro y les molesta que les digas lo que no les gusta. Probablemente la página web de este centro la haría el primo informático de la dueña, o similar, bajo el único criterio de sus gustos y apetencias. ¿Para qué sirve la opinión de un profesional que lleva años estudiando y analizando lo que funciona y lo que no funciona si tengo mi santo criterio como «dueño/a» de éxito?

El problema no es exclusivo de empresas pequeñas del sector educativo, empresas de «dueño-a», que solo quieren oír lo que les confirme sus gustos y ocurrencias, un claro sesgo cognitivo. También les pasa a grandes empresas que se gastan cantidades ingentes de dinero en contratar a ilustres consultoras con nombres de postín internacional para que al directivo de turno les confirmen y le justifiquen lo que quieren ver y oír. De esta forma si se equivocan en sus decisiones éstas vendrán avaladas por una firma de ringorango y alto abolengo empresarial y dirán «si lo dijo XXX» y pongan ahí el nombre de la consultora o agencia internacional de turno y así el directivo podrá perfectamente encogerse de hombre y decir: «a mi que me registren».

El marketing educativo no es una ciencia exacta y lo que funciona bien para un centro puede que no funcione para otro similar, por eso no conviene ser muy categórico y siempre trabajar desde la humildad. Pero, desde luego, lo que nunca funcionará es esa soberbia de algunos directivos que se piensan en posesión de la verdad y que solo quieren escuchar lo que les complace. Ya lo dijo hace dos mil años un gran maestro: «el que tenga oídos que oiga».

Víctor Núñez Fernández, director general de ÉXITO EDUCATIVO y de SchoolMarket

 

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here