O libres o iguales

Hace algunos días, mientras nevaba ahí fuera, me dio por releer a E.H. Gombrich. Llevaba tiempo sin hacerlo. El historiador del arte es para mí, como el monte para la cabra. Siempre admiré de él dos cosas: la profundidad de su pensamiento desde la sencillez y su capacidad para ir de lo particular a lo general y viceversa con una facilidad tal que pareciera que hubiera inventado él ese camino tan complicado de recorrer.

En 1987, E.H. Gombrich estuvo en la Rutgers University en Nueva Jersey y ofreció una charla informal acerca de sí mismo, algo que agradeció con ironía porque nunca nadie le había invitado a disertar sobre ello. Gombrich trazó en aquella conferencia informal una suerte de autobiografía intelectual, el relato sobre el origen de sus intereses de estudio a lo largo de más de seis décadas.

Gombrich, al recordar sus años en la Universidad de Viena, dedica un rato a hablar de Julius von Schlosser, referencia todavía hoy para quienes se especializan en Teoría del Arte. Von Schlosser, ese “apacible erudito” que describe Gombrich, ofrecía unas clases bastante aburridas, pero unos seminarios siempre llenos de retos y desafíos intelectuales.

Así pues” -contaba Gombrich- “los temas que se proponían eran, sin duda, adultos. Los niveles eran altos. El número de estudiantes del seminario de Schlosser no era grande; éramos una comunidad unida. Entre compañeros, hablábamos de nuestros temas todo el día. Nos dábamos ideas unos a otros. Y también aprendíamos mucho acerca de los temas de los demás. Aquella era la forma en que estudiábamos historia del arte”. Volveremos después sobre estas palabras.

Sin ser un experto en educación -pero sí víctima o superviviente de su sistema- creo que la educación de hoy es en algunos aspectos, mejor que la de ayer y en otros infinitamente peor. Viví un sistema desequilibrado, con carencias, pero también con virtudes. Creo que la educación hoy es mejor en cuanto a las posibilidades y formas de enseñar y el conocimiento existente para acompañar a los alumnos. Pero es mucho peor en cuanto al desarrollo de su autenticidad como individuos y, por ello, de su libertad. Les enseñamos a rendirse pronto en la búsqueda de la libertad. Como al final se premia ocurra lo que ocurra, a muy pocos les merece la pena el esfuerzo al que te lleva el hecho de ser libre.

Porque el debate educativo no son las ratios, ni el currículum. El debate de fondo está entre libertad o igualdad. Ese es el debate real. Por eso hay diferencias entre la escuela pública y la concertada o privada. No es un debate sobre la fe, ni sobre las asignaturas impartidas. Ni siquiera esa falacia entre ricos y pobres. No. Es un debate entre la igualdad y la libertad. Entre quienes desean ser libres y quienes se conforman con ser iguales. O peor aún entre quienes desean la libertad para los demás y quienes prefieren la igualdad para esconder su fracaso.

El problema de la igualdad es que, impuesta por el Estado, es enemiga de la libertad. Y a los que adoptan la decisión particular del esfuerzo, a quienes prefieren su libertad se les castiga difuminándolos en el polvo que deja tras de sí la masa informe para que no destaquen.

El epítome de todo esto es el terror a comparar resultados entre colegios, o castigar a la educación concertada y privada impidiendo elegir a las familias para maquillar los números de la más que mejorable educación pública. Pero también lo es promocionar con suspensos en secundaria o el aprobado por compensación que se otorga en las universidades. Aberraciones al fin. Formas de sacudirse de encima a personas que aún no han fracasado, sino con las que el sistema ha renunciado voluntariamente a reconocer su autenticidad como personas.

La igualdad es siempre de oportunidades, nunca puede serlo de resultados. Porque la igualdad debe ser, en el ámbito académico, un punto de partida. El punto de llegada debe ser la justicia. Y la justicia, en términos académicos es distributiva. Nos guste o no. Uno puede tener muchas habilidades y competencias, que también se deben desarrollar y se trabajan en la escuela, pero los años de formación no pueden quedarse vacíos de conocimiento. Y el conocimiento hay que medirlo -tal vez de otra forma, sí- pero hay que medirlo. Sin saber cuánto conocimiento atesoramos, jamás conoceremos nuestras carencias. La cultura general pertenece al pasado. Se ha convertido en un lujo que ni siquiera poseen los mejores expedientes universitarios.

Mientras la igualdad impuesta por el Estado mata a los individuos, la libertad les resucita. Gombrich, en su aclamada Historia del Arte afirma en la primera línea del libro que “No existe, realmente, el Arte. Tan solo hay artistas”. Es decir, individuos. Personas concretas que han llevado su conocimiento y habilidades a la expresión. De algo parecido hablaba Margareth Thatcher cuando afirmaba que “No existe eso de la Sociedad. Hay hombres y mujeres individuales, y hay familias”.

Los desertores de la tiza de la liberación sindical se han convertido en los comisarios políticos de los dirigentes que deciden sobre la educación. Como enemigos de la libertad maquillan su odio a ésta de múltiples maneras. Ahora por ley, tenemos el derecho a elegir morir dignamente. Pero a la vez consienten, alientan y estimulan un sistema educativo donde la libertad se castiga con la igualdad. Donde a los iguales no se les ayuda a aprender a ser auténticos. Es decir, libres.

Volviendo a Gombrich, y a su educación, a mí me hubiera gustado un sistema como el que él tuvo. Estudié en un Instituto Público donde éramos muchos en clase, aunque los temas que nos daban a tratar sí que eran temas de adultos. Tal vez por eso recuerdo a algún Julius von Schlosser que me invitó a esforzarme para ser libre y a amigos con los que -en ese poderío adolescente- hablábamos en los recreos de chicas -la Venus Calipigia fue nuestra musa-, o de política –Cicerón frente a Catilina en los años del váyase señor González-. Sí, éramos así de frikis. Y a mucha honra. También jugábamos al fútbol, contábamos chistes a todas horas y deseábamos salir por la noche.

Con todo, crecí como persona y aprendí mucho sobre mí mismo, lo que siempre supone la primera baldosa del camino a la autenticidad y por lo tanto a la libertad. Pero tengo la sensación de que hoy ya no es así. Y eso tiene que ver con el rol de cada uno. No me quiero extender en esta idea. Pero pienso sinceramente que de unos años a esta parte todos han querido asumir un rol que no les corresponde en la escuela, estrechando el del maestro hasta dejarlo en un mero “animador de hotel”, tal y como recordaba Pedro Simón las palabras de Andreu Navarra el otro día en El Mundo.

Ni yo ni ninguno de mis compañeros olvidamos nunca el rol que ocupábamos. Ni nuestras familias -hoy llenas de licenciados en “todología aplicada”- trataban de enseñar a los profesores a dar clase. Y éstos a su vez, con sus limitaciones generacionales, se volcaban con nosotros. El resultado pudo ser mejor, seguro. Pero aquí estamos hoy. Nos ayudaron a dar lo mejor de nosotros mismos -verdadero objeto de la educación- a ser mejores personas. Y nos exigieron para promocionar una cultura general con la que después pudimos viajar por el mundo.

No sé cómo estará hoy el Instituto donde estudié. Me gustaría que fuera un reducto frente a la barbarie de la igualdad. Aunque mucho me temo que más bien será una atalaya de esta última.

Recordando de nuevo a Gombrich, en otra de sus publicaciones, se puede leer: “El arte es grande porque está lleno de recursos. Si el camino está cerrado para una clase de percepción, el deseo de excelencia busca un gesto compensador, convirtiendo un obstáculo en una ventaja inesperada”.

Se puede recrear la frase en términos de educación. Hay colegios que lo hacen día a día. Pero son los menos. Por eso se pierde la esperanza. Los mismos alumnos que hoy padecen la renuncia al esfuerzo de la libertad a cambio de la comodidad de la igualdad, serán los profesores del futuro. Sin obstáculos. Sin encontrar ventajas inesperadas. Y sin saber lo que significa la palabra excelencia. Al fin y al cabo, ese vocablo estaba en la página del diccionario que ayer se comió su perro mientras ellos intentaban hacerse un TikTok.

Por Pablo Hernanz, Periodista y Socio Principal de Pertusato y Mastín Estrategia de Comunicación 

Éxito Educativo
Author: Éxito Educativo

Redacción de Éxito Educativo, información sobre la actualidad educativa, especialmente toda la relacionada con la gestión lo centros.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here