Óscar A. Pérez (CIEC): «Colegios y universidades católicas debemos trabajar en red porque solos no podemos»

Óscar Pérez, secretario general de CIEC

América Latina representa el 35% de la escuela católica mundial. Este porcentaje disminuye en los últimos años por el auge de otras religiones, especialmente en Centroamérica y Brasil, y la secularización de las sociedades. Ante esta situación la Conferencia Interamericana de Escuelas Católicas (CIEC) apela al Pacto Global de la Educación propuesto por el Papa Francisco, a mirar hacia el futuro de la mano de la transformación digital pero sin perder los valores que definen al cristianismo. Sobre la rica y diversa realidad de la educación en Iberoamérica ha hablado Víctor Núñez, director de ÉXITO EDUCATIVO con Óscar A. Pérez Sayago, secretario general de la CIEC desde 2017 y desde ayer, también, vicepresidente de la OIEC – Oficina Internacional de Educación Católica.

¿Cuál es la principal labor que desarrolláis en CIEC con los colegios católicos de toda América?

Lo que establecen los estatutos: animar los procesos de evangelización en la escuela católica del continente. Tenemos dos trabajos fundamentales: potenciar la identidad y sobre todo trabajar la calidad en la escuela católica. Ángel Astorgano, secretario general de la Oficina Internacional de la Educación Católica (OIEC) hace años, decía que América Latina tiene que apostarle fuerte a la calidad, porque en cuestión de identidad y de pastoral somos fuertes, pero la escuela no solamente tiene que centrarse en la identidad, sino también en la calidad; porque antes que escuela católica somos escuela. Tenemos que fortalecer los procesos de diálogo con las pedagogías contemporáneas, y sobre todo ser una escuela que mira al futuro.

Muchas veces desde Europa se habla de Latinoamérica como una realidad bastante homogénea, cuando es una realidad muy diversa. ¿Cómo se gestiona de manera tan heroica una realidad tan diversa, no sólo latinoamericana sino americana, incluyendo países como Estado Unidos?

Fuimos fundados en el año 1945. Los fundadores fueron inteligentes al hacer una organización que fuera de Derecho Civil, porque aunque somos reconocidos por el Vaticano -y cumplimos con la asociación de fieles del Derecho Canónico- tenemos cierta independencia, para que las federaciones puedan responder a la realidad variopinta que mencionabas. América no es homogénea, cada país es distinto, y aún en cada país la escuela católica es muy distinta. Por ejemplo, Colombia (de donde yo soy), la escuela católica de Medellín, Bogotá o la costa son distintas. Lo que hacemos es buscar puntos de acuerdo.

Acabamos de tener en Méjico un congreso de educación interamericana donde trabajamos el futuro de la educación católica. ¿A qué aspira la educación? Más que administrar un pasado, la escuela católica tiene que convertirse al futuro. Sabemos que América Latina ya no es el continente católico por excelencia; hace poco salió una encuesta que decía que en varios países, sobre todo de Centroamérica, sólo el 50% son católicos, y el resto son protestantes (iglesias que han crecido).

¿Por qué no buscan a la escuela por la calidad? ¿Por qué no buscan a la escuela en formación de valores? Queremos acompañar el futuro de la educación con aquellos puntos en común: el cuidado de la casa, la formación en valores, y formar ciudadanos. Ya lo dijo el Papa en una revista publicada hace tres años: “La escuela católica no es una fábrica de católicos”, pero sí tenemos la tarea de potenciar y formar a estos ciudadanos que América necesita, en medio tan convulsionada crisis política que hay en todos los países.

Sobre ese auge del protestantismo, sobre todo de la Iglesia Evangélica, en países como Brasil, Centroamérica…  los colegios católicos son una base de evangelización, y sus valores y objetivos también están alineados con la parte pastoral. ¿Cómo percibís ese retroceso desde la escuela: una amenaza, un reto..?

La respuesta está en el Pacto Educativo Global. Cuando el Papa lanza el pacto viene a decir que no es un pacto sólo entre católicos, sino con todos. Lo que importa es educar al niño. Lo importante es que creemos en Dios y queremos formar gente buena, esa es la tarea. Hicimos un estudio en algunos países y no todos los niños de nuestros colegios son católicos. ¿Qué quiere decir? Que estudian en ellos por la calidad de la formación humana. También la calidad pastoral, pero siempre es un ofrecimiento, una invitación.

Tenemos que hacer un esfuerzo para que desde la escuela se dialogue: se aprenda lo bueno de cada una. Hace poco hubo en Chile un congreso sobre la educación religiosa escolar desde el ámbito interreligioso, de los Derechos Humanos, de la paz, de los valores… y de cómo encontrar puntos de apoyo;  no sólo entre religiones, sino entre etnias, nacionalidades, migraciones internas… No es tanto como en España, donde hay migraciones de otras religiones grandes, pero tenemos migración de países. Sabemos el caso de Venezuela, que llegó a todos los países; tenemos también el debate sobre familias monoparentales u homosexuales.

La escuela católica tiene que estar abierta a los signos de los tiempos para responder adecuadamente. No para juzgar, sino para ser ese puente de contacto, diálogo y trabajo en común.

Has hablado de calidad desde el primer momento, y está muy unida a la gestión. Aquí en España muchas veces el debate está en cómo poder conciliar la gestión profesional con criterios empresariales (al final son recursos económicos  escasos) que ha llevado a congresos de escuelas a hablar de comunicación, marketing… ¿Cómo se vive allí la gestión de recursos y marketing en la escuela católica? 

América tiene el 35% de la escuela católica mundial, pero anualmente se cierran muchos colegios porque estamos perdiendo alumnos. Si aquí en España hay crisis económica, imagínese en los países de Latinoamérica: la pandemia empeoró porque en los países donde no hay ningún tipo de acuerdo con el Estado, la escuela católica está sola compitiendo con grandes multinacionales de la educación. Hemos perdido alumnos sobre todo en Méjico, Colombia y Brasil, donde no hay ningún tipo de contacto -con el Estado-.

Por eso desde la CIEC hemos venido trabajando la comunicación y el marketing desde el año 2000 en que hicimos el congreso en Chile para abordar esos temas. Y no nos quedamos ahí; también planteamos todo el ciclo de reflexión utilizando la pandemia. Esto es como una empresa, y el directivo se tiene que formar. Precisamente ahora lanzamos con el Consejo Episcopal Latinoamericano un diplomado para directivos. Pensar la escuela a futuro: cómo se administra, cómo gestiona lo pedagógico, lo humano. Y también con los docentes, pues son personas que trabajan y educan a otras personas. Debemos tener buenos directivos que sepan gestionar, no solamente personas, sino recursos y vender, buenos educadores, y acompañar a los estudiantes, no sólo para que se inscriban, sino también para que se mantengan en nuestros colegios.

Óscar Pérez con Víctor Núñez, director de ÉXITO EDUCATIVO

¿Qué proponen para paliar el descenso de alumnos?

Ha sido difícil, duro, y la pandemia lo empeoró: algunos estudios dicen que perdimos entre un 20 y un 30% de alumnos de la escuela católica privada, y cerraron muchos colegios. ¿Qué quiere decir esto? Que tenemos que convertirnos al futuro y pensar qué es lo que necesita; qué es lo que no exige esta nueva presencia a los colegios. Hay que hablar de bilingüismo, de trilingüismo, de tecnología… pero son pasos que necesitan una respuesta rápida. Y a veces tenemos la dificultad de que nuestras respuestas son muy lentas todavía.

Vinculado a la calidad y la gestión, desde Escuelas Católicas de España recomiendan a los directores que sigan vinculados al aula pero con pocas horas de clase para no perder esa misión educadora pero que sobre todo se centren en la gestión ¿Qué recomendáis al director del colegio en esa labor cada vez más compleja: profesor y director-gestor para la parte administrativa…?

En Latinoamérica la experiencia es distinta, pero obviamente el directivo debe haber sido docente para reconocer los problemas del día a día del educador: entrar en un aula, relacionarse con los padres de familia, con los estudiantes, etc. Porque si conoce esa realidad puede entender al educador a la hora de exigirle. Por ello es bueno que ese directivo venga del mundo docente, pero también hay que formarlo. Y una de las claves de un directivo hoy es la parte humana: si no tiene esa parte cualificada, resiliente y emocionalmente estable va a haber problemas. Pero en América Latina la situación varía.

Hay colegios donde el director es sólo director, porque la labor directiva requiere trabajo, colaboración. Pero esencialmente está dedicado a su puesto para desempeñarlo bien, porque dando clase es duro… pero conozco colegios donde el director sigue siendo docente, y mantiene el contacto con esa realidad. Creo que en América ya se quitó esa idea del directivo con un amplio escritorio, con el que demuestra su poder cuanto más grande es. Tiene que ser un directivo cercano, que camine con la gente y vaya delante mostrando camino, pero también que quede atrás para empujar a los que se quedan.

¿Cuál es (o debería) el perfil del profesorado de colegio católico en América? ¿Profesor con formación pedagógica además de pastoral…?

Es algo que hemos trabajado mucho en los últimos años: la formación del docente. Un docente que primero tiene que ser humano. Porque tenemos muchos profesionales que, a la hora de gestionar procesos de convivencia en el aula o con sus propios compañeros, son terribles. Hemos buscado esa parte humana, que sean resilientes, emocionalmente estables, que trabajen en equipo, que tengan en cuenta la misión y visión; hacia dónde van. Y si son personas íntegras podemos trabajar la parte profesional, pues necesitamos gente preparada que pueda dar conocimientos pero de acuerdo a los contextos (lugares y momentos). Sobre todo ahora con las competencias digitales.

Primero la parte humana, segundo la parte profesional y tercero la parte digital, que hoy en día nos exige la pandemia. En América tocó volcarse hacia lo digital, y tenemos que alfabetizarnos en ese punto de vista. Son tres claves. Lógicamente cada país y colegio tiene su perfil de docentes y algunos que contratan -solo profesores- que sean católicos. Pero conozco experiencias de docentes muy humanos, muy cualificados profesionalmente y competitivos que quizás no son católicos, pero manejan la identidad. Y la identidad no es sinónimo de confesionalidad. Para nosotros es clave que tenga la identidad de la escuela católica: educación humana y cristiana de calidad.

En esa formación del profesorado ¿trabajáis en red con universidades católicas, la red de universidades pontificias de América? ¿Qué relación establecéis con las universidades con la formación permanente, actividades, congresos… o está separado?

Por eso el Papa lanzó el pacto, porque la Universidad y la escuela son dos mundos completamente aparte. A pesar de que sean de congregaciones religiosas hay colegios que a veces funcionan descontextualizados y completamente abiertos uno del otro. Con el CELAN (Consejo Episcopal Latinoamericano) formamos parte de una Red de Universidades Católicas de América, y estamos intentando buscar puntos en común. Ahora estamos trabajando de lleno, la CIEC, con la Universidad de la Salle de Costa Rica, que acompaña los procesos de formación; así como la Universidad de la Salle de Bogotá. Hemos hecho convenios pero son particulares. Como reto todavía es algo que todavía tenemos que trabajar, universidades.

Incluso en Colombia, que está Universidad Pontificia Javeriana, que es la encargada del Vaticano de manejar temas de economía o casa común. Pero no hay contacto con la escuela. Es un punto al que el Papa nos invita en el pacto. Tenemos que trabajar en red porque solos no podemos. La escuela tiene mucho conocimiento pero se necesita contextualizado a las realidades educativas. Ya hay un primer avance con la Red de Universidades Católicas, por medio del CELAN, de trabajo en común; y que apoya el evento que haremos en junio desde la CIEC sobre reinventarse como seres humanos, que es clave.

Y por último una pregunta que nos gusta hacer para cerrar las entrevistas ¿Cómo sueñas el mejor colegio o centro educativo del mundo?

Un colegio humano, pero también convertido al futuro. Estamos viendo cambio climático, la pandemia, la guerra… Nuestros niños y jóvenes necesitan que el mundo sea más humano. Un colegio que forme para esa humanidad. Por eso el evento sobre reinventarnos como seres humanos. Para ello primeo hay que cambiar de pensamiento; esos paradigmas que nos llevan a imponer en los demás a sobresalir siempre. Y cambiar el corazón, porque desde ahí es desde donde salen las acciones más profundas. Segundo, que se convierta al futuro. La escuela católica no está para administrar el pasado, porque ya no vivimos de fama, sino para que miremos al futuro y nos adelantemos a él. Por eso la UNESCO nos habla de los futuros de la educación; no es uno, es plural. ¿Hacia dónde queremos ir? Hacia una escuela que piense hacia el futuro pero con los pies en la tierra.

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