La pedagogía del amor en la práctica de Jesús

La pedagogía del amor en la práctica de Jesús

“Les doy un mandamiento nuevo: Ámense los unos a los otros. Como yo los he amado, así también ustedes deben marse los unos a los otros. Por el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que son discípulos míos”[1].

Jesús compendia todo el evangelio en la vivencia del mandamiento nuevo del amor. Llega a ser su principio pedagógico fundamental y el parámetro de la relación educativa que él promueve.

El evangelista San Marcos, al narrar el episodio del encuentro de Jesús con el joven rico, hace una observación que bien podría aplicarse a todas las relaciones de Jesús: “Jesús fijando en él su mirada, le amó”[2].

El amor educativo se traduce en amistad que es sinónimo de cercanía, afecto, confianza, confidencia, donación de si:

Mi mandamiento es este: Ámense los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos […]. En adelante, ya no los llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora los llamaré amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre”[3].

Particularmente hacia los niños, Jesús tiene muestras de afecto y de ternura en una sociedad que los minusvaloraba y ponía de lado: los acoge con cariño, los abraza y los bendice imponiéndoles las manos[4].

Para con los abatidos, enfermos y necesitados, el amor se hace compasión entrañable y misericordioso. San Marcos, al narrar la multiplicación de los panes y de los peces para saciar el hambre de la multitud que afanosamente le seguía, nos dice que “al desembarcar, Jesús vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas que no tienen pastor, y se puso a instruirles intensamente”[5]. La respuesta salvífica hacia la muchedumbre, necesitada de pan, pero también de la Buenas Nuevas, aunaba la compasión por el abandono en que se encontraba, con la acción de instruirla intensamente.

El amor educativo, que en Jesús se hace amistad, ternura, compasión, y que caracteriza su relación pedagógica, tiene su raíz y es un reflejo de su relación de amor profundo y permanente con su Padre[6]. El amor del Padre se nos ha manifestado al enviarnos a su Hijo único, como Salvador. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna[7].

Para más información:

PERESSON, Mario Leonardo, 2012, A la escucha del maestro, Bogotá, Colombia, 2012.

Por Óscar A. Pérez Sayago, secretario general de la CIEC.

 

[1] Jn 13,34-35.

[2] Mc 10,21.

[3] Jn 15,12-15.

[4] Cf. Mt 19,13-15; Mc 10,13-16.

[5] Gn 1,26-27.31.

[6] Cf. Jn 3, 35; 10, 17; 14, 31.

[7] Jn 10,25-26.

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