Pedro Antonio Martín-Barrajón (Psicólogo): “ La idea de que hablar sobre el suicidio induce al suicido es trasnochada”

Pedro Antonio Martín-Bajarrón, psicólogo

La pandemia de COVID-19 apenas afectó a los más jóvenes. Niños y adolescentes superaron sin mayores problemas, con pocas excepciones, una enfermedad que fue letal para ancianos y personas con enfermedades crónicas o inmunodeprimidas. Pero tras el virus llegó otra pandemia, oculta, insidiosa, poco visible y difícilmente detectable. La que ha multiplicado exponencialmente los problemas psicológicos de los adolescentes. Sus manifestaciones más extremas son el tremendo aumento de las autolesiones y, en sus casos más trágicos, el suicidio.

Después de muchos años en los que un velo hancubierto este tema, bajo la idea de que hablar del suicidio generaba nuevos suicidios, ahora la evidencia científica apoya la tesis contraria. Es mejor para la prevención hablar, exponer, advertir a los jóvenes de que determinadas conductas, en ellos mismos o en sus compañeros y amigos, pueden ser las señales de alerta de un problema que hay que afrontar para resolverlo. Para Pedro Antonio Martín-Barrajón, psicólogo, participante en el programa de prevención que se lleva a cabo en la Comunidad de Madrid, fruto de un convenio con el Colegio Oficial de la Psicología los propios jóvenes pueden tener un rol importante en las tareas de prevención.

Empecemos por un dato estadístico que sorprende: hay más suicidios entre los jóvenes que entre las jóvenes ¿Por qué?

Pues porque como en el resto de las franjas etarias los varones emplean métodos más letales y en chicas es más frecuente que usen otros métodos que no son tan letales o inmediatos, como las sobreingestas medicamentosas. De cada cuatro suicidios 3 son de varones, y 1 de mujeres en todas las franjas de edad. Pero si hablamos de tentativas suicidas, las mujeres lo intentan mucho más, pero lo consiguen menos.

Sin embargo, después del regreso a las aulas tras la pandemia se ha observado que en las chicas ha aumentado exponencialmente el número de autolesiones hasta un 200 por ciento, y también las tentativas de suicidio.

Es verdad que ha habido un impacto serio en la salud mental de los menores. Después de la pandemia la Fundación Anar ha contado que habían aumentado un 246%, las llamadas relacionadas con las autolesiones y un 826%, las relacionadas con los trastornos de la conducta alimentaria. Estamos viendo las consecuencias devastadoras que ha tenido la pandemia para los adolescentes.

Hay un estudio de la Universidad de La Rioja con 6.000 jóvenes entre 14 y 19 años de varias comunidades autónomas que pone de manifiesto que el 19% de los jóvenes de esa franja de edad ha deseado estar muerto en alguna ocasión el último año; el 15% tiene ideas de quitarse la vida; un 7% lo ha planificado alguna vez y un 9,3% de los jóvenes ha intentado quitarse la vida alguna vez.

Estos porcentajes son llamativamente altos. Pero las cifras de suicidios, de acuerdo a las estadísticas del INE, han ido descendiendo desde el pico de los años 90.

Las cifras los últimos 20 años se han mantenido relativamente estables, aburridamente estables, de una manera trágica, por supuesto, pero aburridamente estables desde el 2000 hasta el 2020 que es el último año del que hay datos.

Ahora se viene hablando de una forma un poco torticera, en mi opinión, sobre la epidemia suicida en menores de 30 años. Y esto no es verdad, porque lo cierto es que sí ha habido 314 suicidios en menores de 30 años, pero no ha habido un incremento. No solo es que no ha habido una epidemia de suicidios, es que disminuyeron entre menores de 30 años. Sin embargo, en los menores de 15 años sí se duplicaron las muertes por suicidio de 7 a 14. No es cierto que los menores de 30 años sean la franja etaria donde más suicidios, se consuman. De hecho, donde más suicidios se dan es entre los 39 y los 69 años. Y la franja de edad que ha sufrido mayor incremento respecto a las cifras anteriores son los mayores de 79 años, con un aumento del 20%.

¿Cómo se puede prevenir?

Recientemente la Comunidad de Madrid ha firmado un convenio con el Colegio Oficial de Psicólogos para intervenir en el ámbito educativo formando en estrategias de prevención, señales de alarma, planes para detectar esas señales y tener una intervención temprana. Me consta que el gobierno de Aragón también ha publicado recientemente una guía sobre la prevención de suicidios y también está recién publicada una guía práctica de prevención de la autolesión y específicamente en entornos digitales. Creo que es un ámbito donde es fundamental que empecemos a intervenir. Un 61% de los jóvenes ha buscado en internet y en las redes sociales, información sobre cómo puede suicidarse. La intervención en las TIC, en este lenguaje, casi jeroglífico que utilizan los adolescentes para comunicarse entre ellos y ese cauce que utilizan más que la presencialidad, el uso de las nuevas tecnologías, las redes sociales, los chats y demás, es un ámbito fundamental en el que hay que intervenir. Pero, sobre todo, una intervención en el contexto educativo, comentaba el doctor Eduardo Fonseca, reduciría un 34% los intentos y hasta un 13% la ideación suicida. Esa idea conservadora que llevamos arrastrando desde hace demasiado tiempo ya, muy relacionada con el mito de que hablar sobre el suicidio induce al suicidio es trasnochada. La evidencia nos devuelve que cuanto más hablemos, más capaces vamos a ser de prevenir.

¿Cómo se lleva a la práctica el protocolo con la Comunidad de Madrid?

Ahora mismo se están diseñando unas líneas de actuación para formar primero a profesionales de la psicología capaces de impartir formación y de intervenir con el profesorado y con todos los agentes implicados en el ámbito educativo, para ser capaces de detectar de manera temprana y derivar a los chavales en riesgo a la atención que necesitan.

¿Qué proyectos pueden servir de ejemplo?

Una de las cosas que está funcionando mejor, es el proyecto Kiva, con gate keepers. Se trata de nombrar a agentes de cambio, es decir, identificar a alumnos que sean relevantes por popularidad o porque destacan en un área en concreto, para asignarles a otros estudiantes en riesgo, como una función de tutelaje y acompañamiento. Nosotros participamos en distintos institutos y centros educativos divulgando información sobre la prevención, factores de riesgo, qué hacer, qué no hacer, y hemos identificado que la mejor herramienta es hacer partícipes del cambio a los adolescentes.

Ahora mismo la investigación habla de que hasta los 24 años no se ha desarrollado el corte prefrontal, que es esta parte del cerebro que nos ayuda a proyectarnos hacia el futuro, a tomar decisiones… Hasta los 24 años, biológicamente, no dejamos de ser adolescentes. En esta época donde las frustraciones se viven de una forma eterna, que son incapaces de proyectarse hacia el futuro, pero que por otra parte son tremendamente solidarios, hacerles cómplices y partícipes reclamando su ayuda, no desde una posición de expertos, creo que es una estrategia tremendamente potente para generar más agentes de cambio. Ellos utilizan una serie de frases de un lenguaje que a los adultos se nos escapa. Hay frases que se ven en determinadas redes sociales como, “esta noche cenado pasta”, “mi madre me ha preparado mi receta de pasta favorita” o, “se me ha terminado el champú y el acondicionador a la vez” o “se me ha terminado el jamón” que en ese lenguaje encriptado, adolescente, puede significar que esa persona está pensando en el suicidio. Entonces necesitamos agentes que sean capaces de identificar esas señales, este lenguaje ajeno a los adultos, para ser capaces de detectar personas en riesgo e intervenir a tiempo.

Internet, las redes sociales ponen todavía más difícil la prevención, porque es un mundo sin ningún tipo de barreras, ni de fronteras, no hay forma de controlar lo que les llega ¿cómo se contraprograma?

Hay dos datos un poco un poco más antiguos, del año 2015, que advertían de que el 50% de los adolescentes españoles reconocía haber ciberacosado a sus compañeros a través de las tecnologías. Y el 50% también de esos alumnos que habían sufrido el acoso, no comparten con nadie que atraviesan toda esa situación por miedo a que las consecuencias sean graves.

¿Y el acoso es una de las causas principales de que los chavales piensen en el suicidio?

Antes el acoso escolar duraba de lunes a viernes de 9 a 6. Pero ahora mismo es 24 horas, los 7 días de la semana, sin la posibilidad de identificar el origen de quién ha lanzado unas imágenes, por ejemplo, o unas burlas, sin capacidad de detenerlo. Y por otra parte el anonimato que proporciona un nick a través de las redes sociales facilita la escalada de la agresividad. Un ejemplo con adultos lo hemos visto en el terrible caso de la pérdida de Verónica Forqué. Como se ensañan, y por medio o vergüenza, se sienten incapaces de detenerlo y no son capaces de proyectarse hacia el futuro, de que esto es temporal.

El anonimato de la pantalla, al no ver el agresor las consecuencias que tiene para la víctima, facilita que se ensañen aún más y que se mantengan en el tiempo. Además no se puede controlar que se haga viral y esto les empuja una situación de desesperanza hacia el futuro, no son capaces de pensar en un futuro mejor o de darse cuenta de que eso es temporal.

¿Cómo reciben los jóvenes las charlas en los colegios?

Tienen una acogida espectacular, porque los chicos entienden su papel en este grave problema de salud pública. En torno al 70% de los adolescentes alguna vez se ha autolesionado, un 55% tiene varias tentativas. Nos pasan desapercibidas porque pensamos que son cortes, pero también son quemaduras, golpearse, rascarse sistemáticamente, arrancarse el pelo, morderse… eso son autolesiones no suicidas, pero que pueden ser la antesala del suicidio. Todo lo que se practica se perfecciona, y alguien que esté que se infringe autolesiones habría que investigar porqué está pasando esto, que no siempre tiene porque conducir al suicidio.

¿Y se están haciendo daño más ahora que antes, es consecuencia de la pandemia o viene de antes?

Las autolesiones sí que han aumentado entre la población adolescente e infantojuvenil. El aislamiento ha supuesto un impacto serio. No hay nada peor para un adolescente que le condenen a estar encerrado con sus peores enemigos que son sus padres. En algunas ocasiones puede suponer una estrategia de autorregulación. Para algunas personas es más fácil tolerar el sufrimiento físico que tiene un principio y un final. Además es tremendamente adictivo porque en el momento que se autolesionan desaparece ese sufrimiento.

El dolor físico es un competidor muy serio del sufrimiento emocional, que se sienten menos capaces de manejar. Es adictivo porque funciona, y funciona enseguida, por eso es tan peligroso. Sin embargo aumenta el umbral de tolerancia al dolor y se van desensibilizando también ante el temor a la muerte. Por desgracia muchas personas han perdido la vida sin pretenderlo por hacerse un corte más profundo, por haber hecho una sobreingesta medicamentosa más peligrosa, que es irreversible, o incluso por haberse resbalado en una cornisa sin pretender terminar con su vida. La autolesión es algo muy a tener en cuenta que deberíamos investigar con mucha más conciencia, con mucha más perseverancia.

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