¿Por qué lo llaman debate, cuando quieren decir monólogo?

debate telemadrid

Al igual que otros muchos madrileños asistí ayer al primer debate electoral de las elecciones del 4 de mayo. No voy a entrar en disquisiciones políticas de ningún tipo, aunque es clara, manifiesta y pública mi orientación ideológica.

Como viene siendo habitual, el concepto debate brilla por su ausencia. Recordemos que debatir implica exponer tus ideas, y contrastar y rebatir la de tus adversarios. Nada de eso suele ocurrir en este tipo de formatos en los que los candidatos se limitan a lanzar píldoras llamativas de fácil digestión y comprensión. Ni si quiera, y eso ya es el colmo, se suele tener la decencia de explicar pormenorizadamente los postulados ideológicos de uno, y mucho menos discutir con argumentos bien fundamentados los del contrario.

El debate, esencia fundamental de la democracia, no en vano nace con ella en la antigua Grecia, si no antes, con los sofistas y Protágoras de Abdera que defendían, en lo que también podríamos llamar el primer ejemplo de demagogia o relativismo ideológico, que no había verdad “mejor o peor” sino bien o mal fundamentada, tuvo su continuidad en Roma con figuras como Cicerón quien sentó las bases del mismo a través de su “Retórica”. Pues bien, a poco que analicemos el origen y sentido del concepto debate, creo que podemos colegir que nada de lo que vimos ayer se parece lo más mínimo a ello. Una pena cuando a uno lo que le gusta es ver cómo se hace de la destreza oral un fino estilete para desarmar al contrario, colocándolo en situaciones contradictorias o haciendo que se retuerza en su propio argumento.

El debate como concepto entra en el mundo educativo “moderno” de la mano de la Universidad de Cambridge en 1855 y su famosísimo club de debate Cambridge Union. En 1863 fue su rival remera quien funda su Oxford Union. Desde entonces y hasta la actualidad estos clubes son signos de distinción de ambas universidades y por ellos han pasado las más importantes figuras del panorama histórico y mundial. Incluso Shakira, que no Piqué, lo que nos debería hacer pensar en qué estamos haciendo en nuestras aulas con un arma tan poderosa como la palabra para articular los pensamientos y transmitirlos. Sin embargo, es el sistema americano quien introduce de forma masiva en las enseñanzas medias el debate y la expresión oral ya desde 1920. Y se nota. Se les nota.

En este drama tragicómico en forma de “vómito de soflamas partidistas a través del plasma” que se repite elección tras elección y que debemos soportar aquellos quienes estamos interesados en la política, y la entendemos como una forma de defender ideas e intereses propios, resulta destacable, de vez en cuando la figura de algún candidato o candidata a los que se les puede ver más sueltos o con más tablas. Producto, probablemente, de una cualidad personal e intransferible, que no de un aprendizaje y mejora del mismo en sus respectivos colegios o universidades (si es que estas eran españolas).

No es hasta hace más bien poco tiempo, cuando algunos colegios y casi todas las universidades (fundamentalmente las privadas, ya siento decirlo, pero es así) se están preocupando por intensificar la práctica de la expresión oral y la comunicación en público. También, como consecuencia de lo anterior, de permitir contrastar las ideas entre los diferentes compañeros.

El sistema educativo español, y la sucesión de leyes desde la de Villar Palasí de 1970 L.G.E. ha prestado muy poca atención a esta competencia que, por cierto, no solo ha de servir para quienes quieran dedicarse a la política, sino también para el desempeño profesional en innumerables trabajos. Aprender a hablar en público, defender las ideas de uno y poder poner en entredicho las de tu oponente, es un ejercicio extraordinariamente rico que permite desarrollar muchas cualidades. La primera de todas ellas, y no es nada desdeñable, tener una idea y que sea propia. Aspecto fundamental para poder defenderla con ardor y convicción.

Siendo como es, o al menos así lo considero, una competencia absolutamente necesaria en la educación de nuestro alumnado, toda la escuela y la universidad debería incluir programas que trabajen este particular. Son destacables algunos proyectos que se pueden ver en escuelas “innovadoras” del tipo de la tele o la radio del cole (algunos ya llevan muchos años funcionando), clubes de debate o de oratoria y los respectivos campeonatos regionales o nacionales, o la utilización del teatro o la poesía como una forma de aprender a declamar de forma adecuada.

Lo dicho. Qué bonita puesta en escena; que monólogos más soporíferos (algunos incluso demostrando ciertas dificultades a la hora de estructurar las ideas que nos querían transmitir); qué desierto intelectual e ideológico nos toca atravesar; y qué enfadadísimos y enfadadísimas están todos.

Y pretenden que simpaticemos con aquellos que no son capaces de empatizar con las verdaderas necesidades de los ciudadanos, y discutir las diferentes vías posibles para solucionarlas.

Si es que nos quieren “Platero”. Así les somos más útiles.

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistemas

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