¡Qué inventen ellos!

Esta furibunda frase de D. Miguel de Unamuno define muy bien el sentir de mucho español. Bien es verdad que Ortega la rebatió con saña e incluso, con falta de respeto. Pero lo cierto es que parece haber calado en el sentir general de mucho ciudadano. El problema sobreviene cuando quien, ensimismado en este sentir, desarrolla análisis y vierte opiniones sobre un particular.

He leído con atención el artículo de investigación de J.A. Aunión en El País, sobre el impacto económico que suscita el interés que en los últimos años vienen demostrando determinados grupos internacionales por nuestro sector educativo. He de decir, vaya esto por delante, que me ha parecido riguroso en el tratamiento y búsqueda de datos argumentativos, prolijos, sin duda. No tanto en su interpretación. Y señalo que no tanto en su interpretación porque, de nuevo, olvida mencionar algunos aspectos que tienen que ver con el buen hacer de un sector, el educativo privado en nuestro país, que es, sin duda, uno de los atractivos que ven estos grupos internacionales. Es por ello, que este artículo se titula así. No somos capaces de reconocer, muchas veces, que lo que se ha desarrollado en nuestro país en muchos sectores productivos es ejemplo en el mundo, y no al revés.

Es evidente que el juicio de valor viene sesgado por una cuestión ideológica en la que difícilmente voy a convencer a un convencido de lo contrario. Ni con los mejores argumentos del mundo. Sin embargo, hay que señalar que ésta no es la primera vez en la que se demoniza un sector productivo. Ya lo hicimos antes en los años 70-80 con el sector naval o con el de los altos hornos. Después con el turístico o el bancario. Y, ahora, es un “pim-pam-pum” recurrente sacudir a Amancio Ortega. Incluso cuando hace donaciones desinteresadas a la sanidad española.

Como soy de Arte se me viene a la cabeza una frase que el catedrático D. Emilio Pérez Sánchez atribuía a José Ribera y que decía, habida cuenta del escaso reconocimiento que recibía en nuestro país, siendo uno de nuestros grandes pintores, frente al que por el contrario recibían pintores extranjeros en la corte de entonces: “Juzgo que España es madre piadosa de forasteros y crudelísima madrastra de sus propios naturales”. Pues eso nos pasa. Nos sigue pasando. Todavía nos empeñamos, vaya usted a saber por qué y con qué intenciones, que nos encanta sacudir la vara contra nosotros mismos. Para qué reconocernos méritos. Se vive mejor siendo un “seguidista”. Al abrigo de la sábana verjurada y manteniendo las posiciones del régimen. Para qué molestar.

Permítanme, de nuevo, argumentar algunas cuestiones que creo que son muy relevantes para poner en valor el desempeño de un sector durante unas cuantas décadas y, de paso, aflorar los condicionantes que pueden hacer de éste un “caramelito en la puerta de un colegio”.

España es, y debe aspirar a profundizar en ello, un país maravilloso, barato para determinado perfil de extranjeros y con una calidad de vida encomiable. Contamos con servicios sanitarios de primer nivel. Un más que razonable índice de criminalidad. Un espíritu abierto y receptivo con los de “fuera”. Somos un país de oportunidades empresariales en muchos sectores. Nos alzamos como un puente entre África y Europa; y, más importante aún, entre América Latina y Europa. Podemos presumir de ser un país de maravilloso clima y profesionales bien formados y adaptados a una realidad profesional mundial muy reconocidos. Y, que duda cabe, con una oferta educativa nacional e internacional, que en pocos lugares del orbe se concentra con tanta intensidad. Con una lengua de peso internacional como pocas, y, por cierto, con una oferta cultural y artística de la que pocos países pueden presumir. Ahí es nada. Por ahora.

El sector educativo privado español, que cubrió las carencias de infraestructuras educativas en el tránsito democrático que a su vez vino acompañado con un repunte espectacular de natalidad, lleva décadas instaurado como una oferta alternativa que, sin duda, aporta grandes beneficios al sistema. Los procesos de innovación y transformación, al menos por el momento, han venido muchas veces siendo impulsados por un numeroso grupo de inquietos emprendedores y emprendedoras del sector educativo privado que se esforzaron por comprender el momento que vivían y realizar una propuesta educativa acorde con el mismo. Sin ellos, y sin quienes continuaron su legado, nada habría sido posible. Aunque el reconocimiento social a esas figuras, y las de después, haya sido, y siga siendo, nulo.

Esto, sr. Aunión, es lo que han visto esos grupos internacionales. Oportunidades y una maravillosa concepción, poco rentable, por cierto (allí es donde ellos ven claras oportunidades de mejora), de nuestros centros educativos privados.

Usted nos propone la eliminación absoluta del sector privado en K-12 y otras opciones formativas en aras de una supuesta homogenización de oportunidades. Lo cual, según su razonamiento, dejaría en manos del Estado o Comunidades Autónomas la gestión íntegra del sector. Supongo que se refiere usted, por aclarar, a esos que nos han llevado a tener nueve leyes educativas desde 1980. Algunas de ellas, ni se llegaron a implantar. Esto arroja, una ley cada 4,5 años, frente a la recomendación de la OCDE de que las leyes educativas, al menos, tengan una vigencia de 20 años. Todo un logro difícil de rebatir. Perdone el atrevimiento, pero no se me ocurre un disparate mayor que dejar en manos de quien no es capaz de llegar a acuerdos a largo plazo por el bien del país en algo tan simple como pactar una ley educativa, que dejarles el control único de todo el sistema sin que éste albergue alternativa alguna.

Dejen que la iniciativa privada, y no privada, siga alimentando el sistema con procesos de innovación, tanto en lo que se refiere al proyecto educativo, como en lo que tiene que ver con la gestión de centro. Algo aprenderemos. Y copien. Copiemos. Es sano. Aunque inventen otros.

Está claro que no le voy a convencer. Ideológicamente estamos en las antípodas el uno del otro.

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistemas

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