¡¡¡Que viene la Evauuuuuuu….!!!

aullido del lobo

Antes de comenzar a desgranar mis ideas sobre este particular, he de comenzar señalando que se trata de una prueba que es la causante de la extraordinaria disfunción de nuestro sistema educativo. Una catástrofe educativa en toda regla, ya no solo por su planteamiento arcaico, sino también porque establece unas bases de trabajo en las enseñanzas medias desastrosas para nuestro alumnado y que nada tienen que ver con buena parte de los futuros estudios que van a continuar. Se trata, por tanto, desde nuestra humilde opinión, de una prueba anticuada, extemporánea, inútil, poco relevante para la mayoría de nuestros alumnos, insustancial y descontextualizada.

Vaya por delante que no escribo este artículo como padre hastiado y enfurecido por la tensión propia de estas fechas entre esos alumnos adolescentes que deben afrontar esta suerte de “rito iniciático” sin demasiado sentido. Afortunadamente ya pasé por ello, bien porque mi hijo Jacobo ya está en la universidad, bien porque mi hija Henar decidió, con buen criterio, afrontar su bachillerato a través del programa Diploma del BI y, por tanto, no solo ha disfrutado de dos años con un enfoque del aprendizaje muy diferente -nada encaminado a la preparación exclusiva de la EVAU y su formato académico-  sino que se ha “librado” de pasar por este “vía crucis” palmario, en virtud de las convalidaciones de sus notas en algunas comunidades autónomas. En esto, como casi en todo, no hay armonización educativa y, por lo tanto, alumnos con más privilegios que otros. Así que queda claro que no manifiesto mi opinión sobre esta prueba desde la psicosis de padre, sino que lo hago como educador y tras un proceso de reflexión desde ya hace muchos años atrás.

Pensará el lector, llegados a este punto, que toda esa ristra de calificativos gratuitos pueden ser producto de un análisis subjetivo y personal, mucho más si no se justifican. Vamos a ello.

¿Por qué sostenemos que la EVAU es anticuada? Pues, básicamente, porque se trata de una prueba logocéntrica enfocada en comprobar el grado de adquisición de unos conocimientos en muchos casos, nada relevantes para el alumno y su futuro, ya que están estandarizados, sea cual sea el camino que ese alumno vaya a decidir seguir. Unos contenidos, por cierto, que se han digerido ex profeso para superar esa prueba y que, probablemente, en pocas semanas se hayan olvidado por poco significativos.

Mantenemos que es extemporánea con un doble sentido. En primer lugar, porque creemos que no engarza con el planteamiento futuro de los estudios universitarios de muchos de esos alumnos, ya que la Universidad está adaptando paulatinamente su metodología a una nueva manera de plantear sus grados; luego el modelo de evaluación de la EVAU contrasta con las expectativas de esas universidades hacia los alumnos que se van a incorporar. También, por qué no decirlo, porque un proceso de evaluación concentrado en el tiempo, en base a una misma tipología de pruebas, sea cual sea la asignatura, es evidente que no va a arrojar el verdadero potencial de conocimientos, capacidades, destrezas y competencias de los alumnos. Pruebas escritas, ya sea la asignatura de historia, matemáticas, lengua inglesa o filosofía, no hacen sino reconocer el mérito de los alumnos que mejor se adaptan o mejor se preparan – entrenan- para ese tipo de pruebas. Pero, ¿de verdad creemos que, por ejemplo, la prueba de conocimiento de lenguas extranjeras que plantea la EVAU, sin que se incluya la comunicación verbal, es adecuada?

A través del ejemplo anterior enlazamos con el siguiente calificativo. Es inútil. Sí, en su mayor parte y para la mayoría de nuestros alumnos es del todo punto inútil. En realidad, solo arroja resultados que nos permiten valorar una variable muy restringida de la evaluación del alumnado a lo largo de sus dos años de bachillerato. Como se ha mencionado anteriormente, deja de lado otros muchos factores y, además, no da respuesta a las necesidades futuras de la universidad o de la FP de grado superior, que poco a poco se van centrando en desarrollar proyectos metodológicamente más activos, que les acercan a las necesidades profesionales futuras de sus alumnos. Es insustancial y descontextualizada para la mayoría de nuestros alumnos.

Es una prueba, eso sí, fantástica para ser corregida por un número ingente de profesores universitarios que, por supuesto, no han contrastado criterios de corrección homogéneos – es del todo punto imposible-. Aunque permite, claro, evaluar a cientos de miles de alumnos en pocos días. No me pregunten cómo.

Sostenemos que es poco relevante para muchos de nuestros alumnos porque entendemos que no todos los alumnos aprenden de la misma manera y no todos son capaces de trasladar lo aprendido de una sola forma. En este sentido cabría preguntarse si no es ilógico que no existan pruebas de respuesta múltiple, o que no se planteen exámenes orales en algunas de las materias o, incluso, que no se planteen exámenes prácticos de conocimiento. Evidentemente es una vía que imposibilitaría que la prueba se configurase como actualmente. El papel de las universidades y pruebas de ingreso a cada facultad sería un formato mucho más lógico y adecuado, tal y como ocurre en otros países. A parte de otorgar una mayor credibilidad a los agentes que participamos activamente en el sistema y que creo, sin lugar a duda, que deberíamos tener merecido reconocimiento o, al menos, presunción de honorabilidad. Me refiero a los colegios, institutos y centros de F.P. ¿O es que debemos entender que nuestro juicio es interesado y partidista, pero no en cambio el de los profesores de universidad que corrigen esas pruebas? ¿Qué nos hace merecedores de esa sospecha infundada cuando nosotros sí que hemos pasado dos años con esos alumnos y conocemos todas las circunstancias que rodean su realidad personal y académica? ¿Son capaces de evaluar correctamente los profesores de universidad que dedican unos 10-15 minutos a cada examen y determinan el futuro académico de unos alumnos, mejor que el profesorado de los mismos a lo largo de meses de contacto permanente? Convendría que se interesaran por el concepto de evaluación sumativa señores.

Sostenemos que es insustancial, porque los contenidos que se trabajan para poder presentarse a este proceso de evaluación son adquiridos, en muchos casos, con un solo fin. Superar la prueba. A partir de ahí estos se olvidan si no son utilizados en sus estudios subsiguientes, cuando, además, en muchos casos, estos inician casi desde cero para tratar de acompasar los ritmos de la clase. Por cierto, contenidos y más contenidos irrelevantes, y no destrezas o competencias, mucho más adecuadas para el futuro del alumnado.

Para aquellos agoreros que puedan pensar que estoy planteando un modelo educativo más “light” o liviano para nuestro alumnado, he de señalar que existen otros sistemas educativos con igual o mayor carga de exigencia -que no la discuto- pero enfocados en otros objetivos de aprendizaje más razonables. El aforismo instaurado en muchas personas que señala que cuanto más contenido es igual a mayor exigencia y, por el contrario, el uso de metodologías activas es  igual a “churifluri”, es falso. Absolutamente falso.

El acceso a los estudios superiores debe cambiar fijándose en cuáles son las expectativas de nuestro alumnado y las necesidades de las instituciones educativas o empresas que los van a recibir una vez hayan egresado de nuestros centros. El modelo de evaluación determina al resto del sistema y al proceso de enseñanza aprendizaje y este, lo quieran creer o no, es un desastre. Es, sin duda, el cáncer de nuestro sistema educativo.

A aquellos que con tanto entusiasmo defienden la educación en el sentido clásico, me permito recordarles el famoso lema de la Universidad de Salamanca “Quan natura non da, Salmantica non presta”, que obviamente no nos habla del conocimiento “per se”, ni del que tenemos por nuestro nacimiento, sino de nuestra capacidad de adquirirlo y manejarlo. Ni aun cuando se refiriere al intelecto estaríamos de acuerdo con que este no evoluciona a través de la educación la madurez del individuo en su uso, pero no como contenedor de conocimiento vacuo.

¿No les hace pensar?

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistemas

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