Redescubriendo la autoridad

Este pasado 2 de mayo el diario El País publicaba la siguiente noticia: Profesores de Sant Adrià se plantan ante las agresiones: “Pedimos soluciones y más apoyo de la Generalitat, pasa en muchas escuelas”.

Un grupo de docentes de varias escuelas de Sant Adrià de Besòs (Barcelona) se han empezado a organizar para decir basta a las agresiones que padecen desde hace tiempo por parte de alumnos, pero también de padres. Los profesores han enviado una carta al Departamento de Educación y anuncian una protesta para la semana próxima para denunciar que el protocolo actual es “ineficaz” porque “en lugar de proteger la víctima, la dejan en situación de indefensión”. Asimismo, se quejan de que las denuncias ante los Mossos no son anónimas y reclaman que sea el departamento el que asuma dichas denuncias. Educación todavía no se ha pronunciado sobre el caso ni estas reclamaciones.

Y es que se está dando un preocupante aumento de las agresiones que sufren los profesores no sólo en España sino en todo el mundo.

En España, el 91% de los profesores de la escuela pública denunció problemas de convivencia en las aulas y 8 de cada 10 sufrió agresiones físicas o verbales, según un estudio realizado por el sindicato CSIF (Central Sindical Independiente y de Funcionarios).

Lo más frecuente son agresiones físicas como empujones, golpes en la nuca, lanzamiento de objetos y falsas denuncias. A eso se añaden nuevos modos de malos tratos fuera de las aulas como el ciberacoso a los docentes.

Detrás de las cifras hay personas que, como señala Teresa Hernández, coordinadora del servicio del defensor del profesor de ANPE, sindicato de la enseñanza en España, tienen miedo de entrar en las aulas. “Un profesor me comentaba que lo que piensa al entrar a clase es dónde se pone para estar más cerca de la puerta, por si tiene que salir corriendo”, cuenta. Y sostiene que no hay modo fácil de enfrentar un encontronazo con un alumno.

“El docente tiene que hacer que no le afecte que le hayan puesto la zancadilla o se hayan reído de él porque, después de que pase un episodio de agresión, debe volver al día siguiente a clase y ser profesional, porque, además, le toca ver de nuevo al alumno en el aula… No es sencillo”, apunta.

Esto se traduce en altos índices de ansiedad. Hernández cuenta que, de los docentes que atienden, alrededor del 80% la padecen y un elevado número está ya de baja con síntomas de depresión. “Son datos que nos preocupan mucho”. Ciertamente, hoy en día, tenemos un problema de los jóvenes con la autoridad ya sea en casa con sus progenitores, ya sea en el aula con sus profesores o en la calle con las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.

Señala el juez de menores Emilio Calatayud que toda autoridad tiene que tener un derecho coercitivo. ¿Qué derecho coercitivo tiene un profesor con su alumno? ¿Las incidencias? ¿Las expulsiones?

El alumnado se ríe de todas esas medidas: los días de expulsión los aprovechan para dormir más horas y, en muchos casos, para jugar a la Play Station. Además, saben que esas sanciones en su expediente académico no les van a impedir tener acceso al mundo laboral.

La realidad es que hemos pasado del padre autoritario al padre helicóptero y de la escuela preconstitucional a la escuela postconstitucional.

Se ha pasado de una escuela de “todos en pie”; “todos en fila que llega Don José” a una escuela donde ya no llega Don José, ni llega José, ni llega Pepe, ni llega Pepillo porque todos somos colegas e iguales. Por eso en muchos centros educativos se ha eliminado la tarima.

¿Todos somos iguales? Unos más que otros

Yo soy más igual que mi hijo porque soy su padre y el profesor es más igual que su alumno porque es su profesor. El ser humano desde temprana edad busca orden y estructura en su vida. Las figuras de autoridad -y el respeto que provocan- brindan una sensación de estabilidad y orientación y eso lleva a los individuos a someterse voluntariamente a sus directrices.

Pero hoy, tanto la autoridad educativo como toda forma de autoridad, han perdido presencia y fuerza. Y esa pérdida tiene una relación directa con el rol del adulto que por múltiples causas se ha debilitado. Por lo tanto, los menores no son verdugos sino víctimas de la ausencia de autoridad de la figura del adulto.

Las críticas a todas las formas de autoritarismo que surgieron  de las corrientes de liberación que produjo la posmodernidad llevaron, en un movimiento pendular, a la permisividad. Hemos pasado de la mano blanda a la ausencia de normatividad para evitar el daño en el proceso de aprendizaje de la libertad y la democracia en los hijos, en los alumnos y en los ciudadanos.

Huyendo del autoritarismo, hemos caído en la autocensura de la desautorización y, ahora, tenemos la sensación de que hemos perdido la autoridad. Se consideró que la autoridad dentro del aula  era un obstáculo para el despliegue de la decisión creativa y espontánea del niño.

La autoridad ha acabado perdiendo todo respeto y su aceptación generalizada. La realidad ha pasado a depender del mundo subjetivo del propio individuo, de la espontaneidad del deseo y de la voluntad de emancipación. Todo ello favorece al joven la tendencia natural de ver el mundo como una inacabable posibilidad perdiendo de vista sus verdaderos límites. Bajo el pretexto de una expresión de libertad hemos caído en la esclavitud del descontrol. Nuestra sociedad se ha convertido en el lugar del protagonismo  individual reducido a la máxima espontaneidad y al máximo arbitrio de cada uno.

Los padres no quieren frustrar a sus hijos y eso ha hecho que en muchos hogares se propiciara la ausencia de censura y se imaginara como felicidad una vida sin restricciones donde poder disfrutar de una libertad total -incluido el uso de las pantallas y las redes sociales-.

La idea que el adulto ha querido inculcar al menor es que es imperioso sortear la angustia y que es preciso buscar el divertimento. Eso ha conducido a un debilitamiento de la imagen paterna y ha dejado a los hijos en la soledad y en la desorientación. La ausencia de autoridad guarda relación con la apatía que suele darse en los menores en forma de desmotivación ante las responsabilidades y en un desinterés frente a la vida misma.

Muchos jóvenes se encuentran con que no le encuentran sentido a su vida y, de ello se desprende las altas tasas de trastornos de salud mental en este colectivo. La apatía por la carencia de referentes adultos tiene otra manifestación que es la violencia lúdica: la explosión de la nada de una vida carente de sentido; carente de definición; carente de contenido y de límites. Pensamos que existe una ausencia de valores y no nos equivocamos. Se han perdido los valores porque se han perdido los límites -la ausencia de límites genera ausencia de valores-.

La autoridad necesita demarcar su espacio. No se puede suponer que los jóvenes lo van a entender. Ellos necesitan tomar conciencia y tener la tranquilidad de que están en manos de alguien que es capaz de contenerlos y conducirlos. Y esa experiencia no la brinda una actitud de excesiva confianza y tolerancia desde el primer momento.

Cuando la relación comienza por amistad con los hijos o con los alumnos, se suele terminar en situaciones embarazosas. No quiero decir con eso que no hay que tener cercanía ni afecto con ellos, pero sí que sin una clara demarcación del rol, se corre el peligro de acabar desautorizando la capacidad de ejercer la autoridad.

No hay que suponer. Hay que ser explícitos a la hora de demarcar los espacios. Siempre he sostenido lo mismo: el menor siempre te va a echar un pulso. Y esa es la verdadera educación: un prolongado y arduo pulso. Se trata del juego de las libertades y los deberes y eso no es un juego fácil, ni divertido ni mucho menos placentero.

Si el joven encuentra verdadera resistencia en la fuerza que ejerce el adulto educador obtendrá dos beneficios: el primero es que aprende a desarrollar sus propias energías en defensa de sus objetivos y proyectos. El segundo es que aprenden la seriedad que tiene el mundo en el que deben incorporarse.

Dejarse ganar en ese pulso genera en los jóvenes un cuadro engañoso de la vida y, en este combate de fuerzas diario, los padres y el profesorado deben ir unidos.

Por Xavi Delgado, fundador de Reiniciando las Aulas

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