Se busca a Shakespeare (II)

¿Cómo pudo un hombre de estudios limitados que escribía para pagar sus deudas y que nunca viajó, entender el complejo ceremonial de la corte y hablar con soltura de leyes, filosofía o cetrería? Y eso que él mismo pudo predecir la sorna: «El amor no se altera con sus breves horas y semanas… Si esto es erróneo y se me puede probar, yo nunca nada escribí, ni nadie nunca amó» (Soneto XCVI).

Para esclarecer esta disyuntiva, cabe alegar que tampoco Cervantes era universitario, aunque sí estaba repleta su trayectoria de aventuras. Y sobre el Quijote apócrifo, el de Avellaneda, se han propuesto variedad de autores, desde Jerónimo de Pasamonte, aragonés combatiente en Lepanto, hasta el dominico Baltasar Navarrete, natural de Tierra de Campos.

De la autenticidad quebradiza de William se benefician creadores contemporáneos suyos. Tal vez, nunca coadyuvaron a la inspiración del autor de Romeo y Julieta. Sin embargo, se han esgrimido sus nombres como parte de su tarjeta de identidad.

Es el caso de Roger Manners, quinto conde de Rutland (1576-1612), Edward de Vere, decimoséptimo de Oxford (1550-1604), y el filósofo y científico Francis Bacon (1561-1626). Por no hablar del poeta Christopher Marlowe (1564-1593), nacido también en 1564.
Curiosamente, a su muerte, tras pertenecer a los servicios secretos de Isabel I de Inglaterra y ser acusado de ateísmo, emergió del océano la figura de Shakespeare. Este cúmulo recóndito de circunstancias dio pie a la sospecha de que Marlowe pudo simular su defunción y emplear en lo sucesivo tal seudónimo.

Los personajes históricos también han vivido cuarentenas como la sufrida en 2020 por la pandemia de coronavirus. En 1665-1666 el físico y matemático Isaac Newton consiguió formular la ley de la gravedad trabajando en su domicilio cuando la peste bubónica asolaba Londres. Y, 60 años antes, mientras que los teatros estaban cerrados por la misma enfermedad, Shakespeare remató tres obras: El rey Lear, Macbeth, y Antonio y Cleopatra.

Nadie se planteó si Shakespeare era sólo una máscara hasta 200 años después de su muerte. En 1857 la estadounidense Delia Bacon, hija de un predicador visionario, mostraba su antipatía hacia William al considerar incompatible su baja formación educativa con la elegancia de los títulos que se asociaban a su nombre. Decidió elegir como alternativa a Francis Bacon, que por otra parte no era pariente suyo aunque llevara su apellido. Finalmente, Delia falleció en un psiquiátrico.

No es extraño que en un momento dado surgiera tal elucubración. Mark Twain, el padre de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, se atrevió a sostener que Isabel, la Reina Virgen, era un varón, lo mismo que en lo referente a su persona vaticinó que, por haber nacido en una de los vuelos junto a la Tierra del cometa Halley, se marcharía con él. En efecto, expiró en la siguiente visita, al cabo de 74 años.

Como decía Romeo, «se ríe de las heridas quien no las ha sufrido». Desde su tumba, excavada en la Holy Trinity Church de Stratford donde había sido bautizado 52 años antes, quizás William sonría al ver el pasmo que ocasiona en el visitante su epitafio: «Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos». O lo mismo es el autor que escribió el personaje de Shakespeare quien se regocija y traspasa el telón para ejecutar los pertinentes saludos por haber representado con aplauso unánime el papel de su segunda y eterna vida.

El pendiente de William (I)

Doctoras María Lara y Laura Lara, Profesoras de la UDIMA, Escritoras Premio Algaba y Académicas de la Academia de la Televisión.

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