¿Se enseña a los escolares a ser cultos?

La cantidad y la calidad de la enseñanza de cultura general en las escuelas pueden variar significativamente según el sistema educativo, el país y el currículo específico adoptado por cada institución. La cultura general a menudo abarca una amplia gama de conocimientos en áreas como historia, geografía, ciencias, artes, literatura y eventos actuales.

La inclusión de la cultura general en el currículo educativo depende en gran medida de las decisiones tomadas a nivel nacional o local. Algunos sistemas educativos ponen un fuerte énfasis en la adquisición de conocimientos generales, mientras que otros pueden centrarse más en habilidades específicas.

En algunos casos, la presión del currículo puede llevar a que se dé prioridad a ciertos temas, a menudo relacionados con exámenes estandarizados o requisitos específicos del plan de estudios. Esto puede afectar la cantidad de tiempo dedicado a la enseñanza de cultura general.

Algunos enfoques educativos modernos fomentan la integración de conocimientos de diferentes disciplinas, lo que podría incluir elementos de cultura general. Sin embargo, la implementación de estos enfoques puede variar.

En otros casos, las escuelas pueden centrarse más en el desarrollo de habilidades generales, como la resolución de problemas, la comunicación y el pensamiento crítico, en lugar de la acumulación de conocimientos específicos.

En algunos lugares, hay iniciativas para fortalecer la enseñanza de la cultura general, lo que puede incluir actividades extracurriculares, programas específicos o proyectos educativos diseñados para ampliar la perspectiva de los estudiantes.

Con carácter general, la cantidad de cultura general enseñada en las escuelas puede variar y dependerá de varios factores. La educación idealmente debería proporcionar un equilibrio entre el desarrollo de habilidades y la adquisición de conocimientos generales para preparar a los estudiantes de manera integral para su participación en la sociedad.

Precisamente, acaba de conocerse un estudio que refleja las desigualdades que se producen en el contexto de lo que entendemos como cultura general y la participación de la sociedad en las actividades que giran en torno a este concepto.

En Barcelona, el 58% de las personas que viven en barrios de renta baja asisten regularmente a actividades culturales. Si atendemos a los barrios de renta alta, este porcentaje sube hasta alcanzar el 75%, de acuerdo con la Encuesta de derechos culturales de Barcelona.

Estos datos están marcados, en parte, por el hecho de que en muchos barrios el derecho a la cultura se vive a través de actividades y espacios que no siempre se reconocen como culturales. Sin embargo, tras ellos se esconde también una realidad a la que se presta poca atención: el derecho a la cultura no es igual para todos.

Esta es la idea en torno a la que gira el proyecto de investigación El derecho a participar en la vida cultural de la ciudad: desigualdades y políticas de equidad, liderado por Nicolás Barbieri, investigador de los Estudios de Artes y Humanidades de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), profesor del máster universitario de Gestión Cultural (interuniversitario: UOC, UdG) y autor del blog ubicarse.net.

El equipo del proyecto, que ha sido financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación, cuenta con personas investigadoras de la UOC y de las universidades Autònoma de Barcelona, Internacional de Catalunya, Barcelona y Pompeu Fabra. Así mismo, dispone de personal de las universidades de Montpellier, París, Manchester, Buenos Aires y Diego Portales. Al equipo se suman también profesionales de la administración pública, concretamente del Observatorio de datos culturales del Ayuntamiento de Barcelona.

El principal objetivo de este nuevo proyecto es comprender cuáles son las desigualdades existentes y qué factores impiden participar en la vida cultural de la ciudad. Al mismo tiempo, la investigación busca generar conocimiento para diseñar e implementar políticas que permitan dar respuesta a este problema, según informa la UOC.

La cultura, elemento clave en la desigualdad social

Se ha discutido y argumentado intensamente sobre las desigualdades en la renta, la salud o la educación, pero mucho menos sobre las desigualdades relacionadas con el ejercicio de los derechos culturales. Esto tiene numerosas consecuencias, como son el aumento de la segregación urbana y social.

“Estamos pasando por alto una dimensión, la cultural, que es clave para entender situaciones de desigualdad más generales”, explica Barbieri. “La cultura puede ser una oportunidad para mejorar la democracia, pero también un riesgo en la reproducción de desigualdades”.

De acuerdo con el investigador, las condiciones en las que las personas participan en la cultura y sobre todo los recursos públicos que tienen a su alcance son desiguales. “Esto hace que muchas actividades y espacios culturales acaben siendo actividades y espacios de privilegio para una determinada clase social, barrio o género, por ejemplo. Así, se perpetúan desigualdades que no son ‘naturales’, sino que son resultado de relaciones de poder”, precisa.

Abordar este problema desde el punto de vista de la investigación académica abre la puerta a desarrollar herramientas concretas que ayuden a asegurar que la cultura sea más inclusiva. “Que se cumplan los derechos culturales depende no solo de los recursos económicos disponibles y de su grado de institucionalización formal, sino también de contar con parámetros medibles científicamente rigurosos”, señala Barbieri.

En busca de una cultura que abrace la diversidad

El nuevo proyecto de investigación de la UOC se basa en la premisa de que todas las personas tienen cultura y vida cultural. Para entender mejor esta realidad, es necesario diferenciar entre la cultura legitimada, la no legitimada y la híbrida.

La primera engloba aquellas actividades reconocidas por las instituciones públicas u otros agentes formalizados del sector cultural. Por ejemplo, la asistencia a museos o espectáculos artísticos o la participación en una compañía de teatro profesional.

Por cultura no legitimada, por otro lado, “entendemos un conjunto de actividades y prácticas informales, populares, comunitarias, que forman parte de la vida cotidiana y que contribuyen al desarrollo de los derechos culturales de las personas y de las comunidades, pero que no suelen considerarse como culturales por parte de instituciones, encuestas o informes sobre participación cultural”, explica Barbieri. Por ejemplo, contar cuentos o historias en familia, pasear por la ciudad o participar en celebraciones comunitarias como los festivales o los carnavales.

Por último, está el espacio conocido como híbrido, un terreno intermedio entre aquello que está claramente legitimado como cultural y aquello que no. “Este terreno está particularmente en movimiento, es dinámico y muchas veces representa situaciones de tensión y conflicto”, añade Barbieri.

Tener en cuenta todas las expresiones culturales y las diversas formas de participación es fundamental para hacer frente al fenómeno de la desigualdad cultural. “Tenemos que empezar por evitar estigmatizar a las personas en su vida cultural. Hay mucha vida cultural más allá de las instituciones y las organizaciones, y es necesario reconocer esta diversidad e imaginar qué pueden hacer las políticas culturales para conectar con ella”, explica Barbieri.

A través de este proyecto de investigación, el profesor de la UOC busca comprobar diferentes hipótesis, como que la desigualdad de participación en las actividades de cultura no legitimada es menor que la existente en relación con la cultura legitimada. O que solo algunos proyectos que sitúan la equidad como eje central y promueven la participación cultural consiguen dar respuesta al problema de la desigualdad.

La pandemia, un multiplicador de desigualdades

Uno de los ejes del proyecto de investigación se basa en dos premisas: que las desigualdades en el derecho a participar en la vida cultural de la ciudad se han incrementado durante la pandemia, por un lado, y que las políticas culturales que responden a su impacto se centran mucho más en los problemas del sector profesional que en el derecho de las personas a participar en la vida cultural, por el otro.

“Comenzamos a tener evidencia de que la participación cultural digital, que creció durante la pandemia, reproduce las desigualdades previas. Por ejemplo, quienes más participaron en las actividades digitales que propusieron las instituciones culturales (por ejemplo, a través de las webs de los museos) fueron prácticamente los mismos que asistían presencialmente”, indica Barbieri.

“Por su parte, la Encuesta de derechos culturales de Barcelona puso de manifiesto que el cierre de espacios culturales afectó a algunas personas más que a otras. Por ejemplo, el 17 % de las mujeres encuestadas se vieron muy afectadas por el cierre de los centros cívicos frente al 11 % de los hombres”, añade.

A su vez, las personas con nacionalidad extracomunitaria o las que viven en barrios de renta muy baja se mostraron mucho más afectadas por el cierre de las bibliotecas que aquellas nacidas en la Unión Europea o que viven en barrios de renta alta.

Una base para crear políticas más inclusivas

La nueva investigación de la UOC puede generar datos y conocimiento analítico para comprender el fenómeno de la participación cultural y así contribuir a detectar estrategias que promuevan la equidad. “Además de entender mejor por qué se producen las desigualdades, queremos identificar políticas que promuevan la equidad cultural y que ayuden a construir espacios culturales de diversidad y confluencia”, señala Barbieri.

“No podemos pretender que este proyecto consiga crear automáticamente nuevas políticas más inclusivas, pero sí queremos conectar con agentes implicados para crear conocimiento de forma compartida. Así, podremos contribuir a la elaboración de políticas basadas en el conocimiento y en valores como la equidad y la igualdad”, añade.

El equipo investigador liderado por Barbieri realizará una aproximación multidisciplinar que tratará las ciencias sociales y las ciencias humanas, combinando disciplinas como la ciencia política, la sociología de la cultura, la antropología cultural, las artes aplicadas, la economía de la cultura, los estudios organizacionales, la psicología social, la historia cultural o la filosofía.

Al generar conocimiento con el que desarrollar herramientas para lograr cambios, el impacto de este proyecto de investigación puede ser desde técnico hasta social y económico.

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