Si Leonardo usara babi…

Laura y María Lara impartiendo una conferencia sobre Leonardo da Vinci en el V año de su Centenario.

Imaginemos que Leonardo da Vinci hubiera recalado por instantes en el tercer milenio. Si al pequeño Leo le hubiera correspondido ir al colegio ahora que estamos a punto de iniciar tercera década del siglo XXI, habría que matricularlo en Educación Infantil, decidiendo de manera previa si iría a un centro con impartición en la lengua materna o bilingüe.

Pasadas las vacaciones de los dos cursos de 3 y 4 años, con su media melena cubierta por una boina, aterrizaría con el babi de cuadritos, y algún cuento en la mano, en el aula de 5 años. El primer día de clase es probable que él y sus compañeros se sentaran en corro para pensar en la profesión que desempeñarían en el futuro. Jugando con los compañeros con dados de madera para levantar edificios, al preguntarle otro de ellos «¿tú qué quieres ser de mayor?», ¿qué le respondería? Quizás se quedaría mudo barajando posibilidades porque con un oficio no tendría suficiente para materializar tanta creatividad.

Después de ese primer día de curso, en que uno mira la verja con nostalgia de los días de verano y a la vez disfruta aprendiendo nuevos números, tocaría el regreso a casa, a pie, a caballo o en carro. Quién sabe si el retorno al hogar estaría aderezado por algunas de las canciones aprendidas después del recreo… Imaginemos al joven Leo, merendando con su abuelo Antonio en Vinci: apenas mordía el panecillo, y corría hacia el otro extremo del salón para preparar un escudo con dibujos de dragón con el que asustar a su padre.

Pero, tanto en el Renacimiento como en la era de las pantallas, el tiempo pasa demasiado rápido. Leonardo crece, se hace adolescente, tiene que ir al instituto y, si el conserje del centro le dijera entonces: oye, chico, «¿tú eres de ciencias o de letras?», ¿cómo contestaría? De nuevo podría quedarse absorto, apretando la boina meditabundo.

Es cierto que, desde el último tercio del siglo XX, se ha avanzado prodigiosamente al establecerse como obligatoria la escolarización hasta los 16 años. Sin embargo, también la globalización tiene fisuras o presenta riesgos. Se está asistiendo a una parcelación excesiva. A los ejes básicos que aprendían en la escuela, nuestros antepasados los llamaban «las cuatro reglas» y, por «alguna extraña razón», quienes iban al colegio las horas que el trabajo les permitía grababan esas nociones de por vida. ¿Cuál era la clave? ¿La ilusión del sujeto discente? Posiblemente sea cierto que solo la emoción talla en el cerebro los recuerdos.

A día de hoy se asiste a otro proceso contradictorio: cuando buena parte de los movimientos cuestan menos esfuerzo gracias a la técnica, está decreciendo el número de personas cultas. En la Europa de Da Vinci había diversidad de facultades en las universidades pero se apostaba por la cultura general, esa que llevaba a estudiar astronomía aun cuando la titulación que se cursara fuera medicina, o cálculo aunque se fuera gramático. Y no solo disfrutaban de la lectura los licenciados, apenas había aparecido la imprenta desbancando al manuscrito, y había lectores entre las clases subalternas, como demuestran el molinero Menocchio, o el mismo don Quijote.

Leonardo se interesó por todas las vertientes del conocimiento, desde Dios hasta el mundo subterráneo, pasando por la anatomía, la ingeniería y la historia. Y, nadie dudaría que, de adulto, aunque no se formó en la universidad, fue un hombre culto.

Este genio italiano creía que solo las personas trabajadoras acaban los proyectos. «Poco conocimiento hace que las personas se sientan orgullosas. Mucho conocimiento, que se sientan humildes». Da Vinci quiso volar y aseguró que, “una vez hayas probado el vuelo, siempre caminarás por la Tierra con la vista mirando al cielo, porque ya has estado allí y allí siempre desearás volver». Actitud que quienes firman estas líneas constatan cada día en que, como historiadoras del Servicio Histórico y Cultural del Ejército del Aire, tienen jornada en Cuatro Vientos, en el Museo de Aeronáutica y Astronáutica, presidido por esta sentencia.

Por último, otra dimensión que debe potenciarse en la enseñanza actual es la comunicación. De poco sirve estudiar algo si el sujeto no puede transmitirlo o dar cuenta de dicho concepto, de manera oral, escrita o a través de las redes sociales. También sobre este particular se pronunciaba Leonardo: “La ciencia más útil es aquella cuyo fruto es el más comunicable».

Resulta necesario que el gestor de centros prevea, en la medida en que el currículo lo permita, incluir- en la programación didáctica o en las actividades extraescolares- líneas que pongan énfasis en el entusiasmo que supone para el colegial el descubrir la vocación. Buceando en la propia conciencia, para el alumno el hallazgo de un plausible destino profesional supone encender una chispa, que luego debe ser alimentada con el esfuerzo personal.

Y, además de los resultados académicos que son el objetivo de todo proceso educativo, es importante que en la comunidad estén siempre disponibles las gafas de la pesquisa; investigar es para los niños sinónimo de diversión y también de aprendizaje. Anteojos que arrojan luz para que, en ningún momento, el genio que viste babi se pierda en una rutina donde no encuentra espacio para brillar.

Doctoras Laura Lara y María Lara, Profesoras de la UDIMA, Escritoras Premio Algaba y Académicas de la Academia de la Televisión.

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