Sociedad, valores y escuela

disturbios
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Supongo que como muchos de ustedes, fui de esos alumnos de la EGB a los que les tocó leer “El extranjero” de Albert Camus. Una obra clave del nihilismo francés que se solía incorporar al temario de los libros a leer en tercero de BUP o en COU. Ya no recuerdo.
La realidad es que se me ha venido a la cabeza según pensaba en los acontecimientos que nos están tocando vivir en estos días a cuenta de esa superestrella de la música rap llamado Hasél. Curioso aspecto, para quien no se haya fijado, el que haya subrayado su Yo con un acento inapropiado. Muy nihilista; y muy narcisista; y tan representativo de algunos jóvenes de nuestra sociedad, que da miedo.

Asistir a los actos de vandalismo gratuito e irresponsable por parte de muchos jóvenes menores de edad en diversas ciudades de España a cuenta de una supuesta defensa de la libertad de expresión manifestada en forma de violencia infinita, me ha traído a la cabeza, por un lado, a Albert Camus y, por otro, a Alex DeLarge, protagonista de “La naranja mecánica” de Stanley Kubrick.

La exaltación de la ultraviolencia de forma gratuita como manera de expresión de una rabia contenida por la pandemia, pero irracional, nos debería hacer pensar en qué estamos fallando. ¿Cuáles son las motivaciones de esos chicos que se plantan en la calle con el único objetivo de agredir a una sociedad que les ha dado todo? Da exactamente igual que la agresión sea contra la policía que intenta controlar los disturbios o que, en el colmo del éxtasis de la violencia gratuita, ésta se dirija contra personas o comercios que simplemente estaban en su camino. Nada es justificable. Pero ¿por qué lo hacen?

Mi opinión es que son episodios de hedonismo puro, convertido en nihilismo esencial. Nada importa. Solo uno. Solo ellos. Su diversión, su válvula de escape o su conversión en macho alfa dentro de la manada. Porque, eso sí, el nihilismo, el ser único y sin responsabilidad, se hace mejor dentro de la jauría; no les quepa duda.

Es triste confesar que la escuela en general poco ha podido aportar desde sus valores a la configuración de la personalidad de estos individuos. Pero ¿qué escuela? No quiero caer en demagogia pero me atrevería a decir que muchos de los que han participado en esas algaradas callejeras han pisado pocos colegios privados o concertados, que normalmente enfatizan en una serie de valores intrínsecos a su propio proyecto educativo (sea cual sea este, y estemos o no de acuerdo con el mismo) que nada tienen que ver con este tipo de manifestaciones.

Y, entonces, ¿en qué falla la escuela pública, sobre todo en edades superiores?
Sin ánimo de juzgar a los numerosos y seguro que fantásticos profesionales que con su extraordinaria labor forman a una buena parte de los alumnos de nuestra sociedad, el problema es que la escuela pública adolece de valores intrínsecos que defender. Salvo aquella, claro, que se encuentra en entornos donde algunos principios (no los deseables, por cierto) están arraigados y forman parte de un supuesto proyecto “común”.
El carácter identitario, la sensación de pertenencia que se logra en mucho colegio privado, tiene que ver con los valores que se defienden desde su proyecto educativo.

Lamentablemente, en mucho colegio o instituto público, en virtud de la extraordinaria dejación de funciones que han hecho nuestros políticos de todo signo (perdón, no todos, en la escuela catalana esto lo hacen de maravilla, aunque con un carácter absolutamente pernicioso) se centran en el factor instructivo y en el contenido curricular, y no en la transmisión de valores. Ni siquiera los que deberíamos defender a capa y espada. Nuestros valores democráticos.

Como sociedad, e individuo que pertenece a ella, es un bochornoso asistir a la función del “Bombero pirómano”. Ver como Echenique lanza tweets defendiendo a quienes arrasan con todo en una manifestación y lanzan todo tipo de objetos a la policía; o ver al vicepresidente del gobierno manifestar su disconformidad y desprecio ante la máxima autoridad del Estado en un acto oficial que honraba el triunfo de la democracia; no es más que asistir al fracaso de una sociedad cimentado en la educación que esta ha proporcionado a sus jóvenes. De la no asistencia de otros partidos políticos independentistas a esos actos institucionales promovidos por la sociedad de la que forman parte es exactamente lo mismo.

Si bien es una oportunidad para la escuela concertada y privada para poder diferenciarse, cimentar parte de su propuesta en un proyecto de valores sólido y compartido, no deja de ser desolador, como ciudadano, observar como la escuela pública no ha sido capaz de fundamentar un proyecto de valores, sólido, bien fundamentado y compartido -aspecto esencial- para trasladar como propuesta a la sociedad.

Hace unos cuantos años asistimos en nuestra vecina Francia a la polémica sobre si se debía permitir el uso del burka o signos religiosos distintivos en las escuelas de una nación que propugnaba unos valores sostenidos por su constitución que lo impedían. Me alegró ver que el Elíseo se mantuvo firme en sus convicciones democráticas y de país. No. No se pueden arrasar los valores de una sociedad en la que uno está acogido.

El proyecto de valores en la escuela es necesario. Cada vez más. Muchas familias tomarán su decisión en base a ellos. Los valores importan. Nos configuran como sociedad.
Urge que los partidos políticos lo entiendan y sean capaces de trasladar una propuesta razonable y razonada, que sea la que la escuela pública acoja como propia y la traslade a sus alumnos para construir más sociedad.

Mientras, les dejo con un párrafo de ¨Los caprichos de la suerte” de Pío Baroja que cayó en mis manos estas navidades. Muy ilustrativo:
– “Tenemos que fusilar a ciento veinticinco personas del pueblo.
– Pero… ¿por qué? – dijo la autoridad, espantada.
– Es la orden que tenemos.
– El alcalde les dijo que todos los fascistas de la localidad habían escapado, pero como los milicianos se consideraban en la obligación de cumplir su mandato, fusilaron para no quedar mal a cuatro o cinco personas.
– Pero si no eran fascistas -les dijeron después- ¿por qué los habéis fusilado?
– No, no eran fascistas, pero después de los fascistas eran los peores.”

Ahí lo dejo.

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistemas

1 COMENTARIO

  1. ¿Debe la educación pública asegurarse también del desarrollo de los valores cívicos y éticos que ayuden a los estudiantes a ser personas con formación integral que participen como ciudadanos activos en construir una sociedad democrática?
    A mí me parece que la respuesta debe ser un sí rotundo.
    Sin embargo, a los que se erigen como abanderados de la concertada en nombre la libertad parece que no tanto, porque se cargaron la Educación para la Ciudadanía, promueven el veto parental y se oponen a todo lo que sea formación en valores democráticos y constitucionales diciendo que eso es adoctrinamiento.
    Igual el autor debería posicionarse más claramente sobre esto.

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