«Educar es la tarea más difícil de los padres, no debemos olvidar que también fuimos adolescentes»

Susana Fuster
Susana Fuster, autora del libro

Sea cuál sea el motivo (cambios hormonales o cambios psicológicos), los adolescentes se enfrentan a una etapa clave en su vida. No lo saben, pero necesitan el apoyo de sus padres. Uno de los principales problemas es su falta de comunicación. Por ello, aprender a interpretar sus estados de ánimo a través de los gestos es importante. Susana Fuster, periodista, experta en comunicación no verbal  y miembro del Consejo Editorial de Éxito Educativo acaba de publicar «Hijos que callan, gestos que hablan«, en Espasa. Doscientas páginas prácticas, llenas de consejos y pistas para comprender mejor a los adolescentes. Imprescindible para padres, madres y educadores.

¿Cómo se le ocurrió escribir este libro?

Es un tema que me toca muy de cerca, ya que tengo dos hijas en edad adolescente y estoy convencida de que la manera de comunicarnos con nuestros hijos y ellos con nosotros determina el tipo de relación que construimos día a día. Muchos de los conflictos entre padres e hijos surgen por no prestar la suficiente atención a todo lo que expresamos sin palabras. Como experta en comportamiento no verbal, yo había colaborado en prensa y había escrito artículos centrados en la importancia y el poder del lenguaje corporal que llamaron la atención de la editorial. Fueron ellos los que se pusieron en contacto conmigo y me plantearon escribir un libro centrado en esta temática. Me encantó la idea de poder enfocarlo desde este punto de vista ya que, aunque existen muchos libros en el mercado centrados en la adolescencia, no había ninguno que tratara específicamente de cómo aprender a interpretar todo lo que el adolescente comunica a través de su lenguaje no verbal, sobre todo en esta etapa de la vida en la que muchos padres se quejan precisamente de que sus hijos se vuelven menos habladores. Sin embargo, hay muchas señales no verbales en su rostro, en sus gestos, en sus miradas, en sus posturas y hasta en el tono de su voz que nos pueden ayudar a comprenderlos y a través de las cuales nos muestran cómo se sienten realmente.

portada hijos que callan
Portada del libro, «Hijos que callan, gestos que hablan»

¿Cuánto tiempo le ha llevado escribirlo?

Desde un principio tuve claro cómo quería escribirlo y de qué manera estructurarlo para que resultara atractivo y útil a padres y educadores. Por eso está repleto de casos y ejercicios prácticos. Ha sido un trabajo que me ha absorbido casi un año. Lo más laborioso ha sido, por una parte, la búsqueda de determinados artículos e investigaciones científicas que sustentaran todo lo que cuento; y, por otra, aterrizar todos estos conocimientos en un lenguaje menos académico y mucho más práctico, que en definitiva es lo que buscan los lectores. La información más relevante y que explica cómo aprender a descodificar el significado de los diferentes canales expresivos no verbales la tengo muy interiorizada, ya que desde 2016 dirijo y tutorizo en la UDIMA un Master en Comportamiento no Verbal y Detección del Engaño.

El capítulo de la microexpresiones tiene una relevancia especial. ¿Cómo pueden los padres entrenarse para detectarlas?

Las microexpresiones faciales son la válvula de escape a través de la cual y de manera completamente inconsciente los adolescentes y el resto de personas expresamos la emoción que verdaderamente estamos sintiendo, de ahí que dedique todo un capítulo del libro a explicarlas. De hecho surgen en la cara antes incluso de que nos demos cuenta. Hay siete emociones básicas que todos mostramos de igual manera en el rostro: alegría, tristeza, miedo, sorpresa, ira, asco y desprecio. Los padres, a la hora de detectarlas, primero tienen que desarrollar su capacidad de observación, ya que tienen una duración muy breve; y segundo conocer a qué parte o partes del rostro del joven tienen que prestar atención. Por ejemplo, pueden darse cuenta de que a su hijo algo le apena si son capaces de detectar cuándo sus cejas se arquean por su parte interna y tienden a juntarse. El miedo y la sorpresa muchas veces se confunden. En el caso del miedo los parpados se abren y se elevan y las comisuras labiales se estiran hacia las orejas; en la sorpresa también se abren más los ojos pero la boca no se estira hacia los lados, sino que cae la mandíbula. Con el desprecio solo se mueve una comisura labial hacia un lado. Lo importante no es solo identificar la emoción o la microexpresión, sino también tratar de buscar el desencadenante, es decir, qué ha provocado en mi hijo que sienta esa emoción y porqué.

Con los consejos que da, ¿puede acabar un padre o una madre un poco “paranoico” mirando todo el rato a sus hijos? ¿Cómo debemos mirarlo para no caer en esa paranoia?

Desde el respeto, no siendo invasivos y siempre con la intención de empatizar con él y con su estado anímico porque solo desde ahí los padres podemos conectar con las inquietudes, las preocupaciones y las necesidades que el adolescente no está siendo capaz de manifestar verbalmente. Lo importante no es que se fijen en un gesto concreto, sino que elaboren una fotografía de conjunto. Detectar si hay congruencia entre lo que dicen y hacen y sobre todo que identifiquen cuál es la manera habitual de comportarse gestual y corporalmente de su hijo. Cualquier cambio en esa línea base de conducta es un indicador de que algo puede estar ocurriéndole.

Habla de que los adolescentes también están mirando las reacciones de sus padres, ¿deben estos controlarlas para que sus hijos no las deduzcan o manifestarse cómo son?

A lo que me refiero es que los hijos están muy pendientes de todo lo que hacemos y de cómo nos comportamos. De hecho conceden más crédito al cómo actuamos que a lo que les podemos estar diciendo en un momento concreto. Nuestro lenguaje no verbal refleja cómo nos sentimos y es un imán muy poderoso para nuestros hijos. Lo importante es que los adultos aprendamos a gestionar y canalizar nuestras reacciones emocionales, sobre todo aquellas que tienen una dimensión más negativa, como por ejemplo el enfado porque, además, no olvidemos que las emociones son como la gripe de este invierno, altamente contagiosas.

¿Los comportamientos comunicativos de los adolescentes cambian cuando salen de esta etapa de la vida?

Si nos referimos a los comportamientos comunicativos no verbales más impulsivos e instintivos, diré que al menos se moderan en la mayoría de los casos. En esta etapa de la vida son un cóctel emocional y, además, la neurociencia nos dice que su estructura límbica cerebral, que es donde se generan las emociones, es la que asume el mando ya que el neocortex, encargado de razonar, tomar decisiones y pensar antes de actuar está en pleno proceso de maduración. No obstante, el cuerpo siempre dice lo que la palabra calla; quizá su comunicación no verbal se suavice, pero cuando algo realmente le inquiete, le preocupe o le excite será incapaz de controlarlo del todo. Detrás de una postura, una determinada mirada o un tono de voz puede haber una información emocional importante.

¿Cuándo deben los padres pasar de la negociación a un tono más autoritario? Si es que pueden…

Es fundamental aprender a marcar límites y sobre todo crear un clima de confianza en casa. La adolescencia es una época de cambios a todos los niveles y lleva implícita la necesidad del joven de explorar el mundo por el mismo, con más autonomía y libertad. No se trata de ser demasiado indulgente ni tampoco autoritario, intransigente o controlador. El discurso autoritario del “porque lo digo yo” no es en mi opinión la mejor opción. En la medida en que el joven perciba que puede exponer sus puntos de vista y compartir abiertamente sus inquietudes, no se sienta juzgado e interprete el comportamiento no verbal del padre o la madre como cercano y sobre todo congruente, será más fácil negociar y crear un clima de entendimiento. Educar es la tarea más difícil a la que nos enfrentamos como padres, la adolescencia parece que nos pone a prueba, pero no olvidemos que nosotros también fuimos adolescentes.

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