¿Tienen sentido el iPad y las tabletas en educación?

La relación entre tecnología y educación tuvo uno de sus hitos más importantes con la aparición del iPad en el año 2010. Antes ya había algunos ordenadores con formatos de cuaderno con pantalla táctil, pero no tuvieron la difusión ni la repercusión de los iPads. Este nuevo formato de dispositivo fue imitado por otros fabricantes, bajo el sistema operativo de Android, que se popularizó en los años siguientes.

¿Por qué los iPads y tabletas fueron un hito en educación?

  • La fascinación por el iPad y las tabletas en educación tuvo mucho que ver con su sencillez de uso. Es muy fácil encontrar vídeos en Internet de bebés que manejan con cierta soltura el sistema operativo. Así que ya no era necesario impartir cursos sobre el manejo de los aparatos informáticos. El mundo había cambiado.
  • Un segundo punto a favor fue la idea de que las pesadas mochilas de los estudiantes, cargadas de libros de texto en papel, podían ser sustituidas por un aparato que ayudaría a eliminar los problemas de espalda infantiles. Donde antes había que acarrear unos 7 kilos, ahora bastaba con un aparatito con pantalla grande que pesaba menos que un libro.

Todo eran ventajas.

El momento iPad

No es de extrañar que, para muchos en aquella época, el iPad y las tabletas de Android se convirtieran en un elemento a incorporar a las escuelas inexcusablemente. Sobre todo en colegios de élite, la opción fue eliminar el papel y sustituirlo por iPads. Pero no como una elección pedagógica, sino porque “había que hacerlo”, fundamentalmente pensando en términos de imagen del centro. Las editoriales se vieron obligadas a responder rápidamente ofreciendo versiones digitalizadas de sus libros en papel que pudieran consultarse en estos dispositivos.

Era el momento del auge también de los ebooks, o dispositivos de tinta digital, como el Kindle de Amazon. Muchos vaticinaron por entonces la desaparición completa de las novelas y ensayos en formato de libros de papel, que pasarían a ser algo “del pasado”. También los periódicos en papel dejarían de tener sentido rápidamente.

En todos estos casos, sin embargo, lo que se ofrecía en general en aquella época no eran más que versiones en pantalla de los títulos en papel. Y, en general, una vez probada la experiencia, el público lector, y los estudiantes y docentes, prefirieron el original analógico frente a la copia digital.

¿Y ahora?

Hoy en día, tanto el iPad como las tabletas Android apenas tienen cuota de mercado en educación. El paso del tiempo ha ido colocando a estos dispositivos, igual que a sus equivalentes de tinta electrónica, como una herramienta para el puro consumo de contenidos. En el caso de las tabletas, se ha visto su utilidad especialmente para el disfrute unipersonal de productos audiovisuales, o como un “monitor de sobremesa” que permite seguir viendo el capítulo de nuestra serie preferida mientras comemos, cenamos o estamos de viaje. También tienen sentido en algunos géneros de videojuego, lectura, fotografía u otras aficiones.

Estos dispositivos en general han ido decayendo en su uso porque ni son un ordenador con el que trabajar o realizar tareas, ni ofrecen una ventaja sustancial con respecto a los móviles, que tenemos permanentemente con nosotros. Es sintomático que durante un tiempo se intentó crear una categoría intermedia entre los móviles y las tabletas: los llamados “phablet” (“phone + tablet”), pero pronto desapareció porque todos los móviles aumentaron su tamaño. Hoy en día prácticamente todo lo que puede hacerse en una tableta se hace igual en un móvil.

Este mismo efecto llegó también al mundo educativo: ya no es habitual encontrar programas basados en tabletas Android o iPad. De hecho hasta la propia Google ya no recomienda el uso de tabletas Android en educación. Aunque hay brillantes excepciones que confirman la regla, en general la tendencia está en la utilización o bien de ordenadores personales (fundamentalmente), o bien de móviles en algunos casos. Sobre esto profundizaremos la semana que viene. Permanezcan atentos.

Julián Alberto Martín

La tecnología, ¿mejora la educación?

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