Tolerancia cero: sencillo, antónimo, oxímoron

Escribía Tomás Moro en su Utopía (página 30) que “Antes debéis dar remedio a tales males que jactaros de la severidad con que se castiga el latrocinio, lo cual tenga quizás apariencia de justicia, pero no es en sí mismo conveniente ni justo”. Claro está, se refería a las acciones de los ladrones, antes que a agresores físicos (y verbales).

Las implicaciones de la cita de Moro son profundas en materia de convivencia escolar, dado el aparente clima de conflicto sempiterno que se transmite en los medios. No sólo conflictos en el aula, sino conflictos derivados de la actividad del aula que tienen como protagonistas a los padres y madres que agreden al profesorado.

Mi colega y amigo Abel González se refería al “grito de los docentes” en esta pieza al respecto, situando el eje analítico en las herramientas que podemos facilitar al profesorado en materia de prevención y detección de la violencia. Y sobre esto ahondaremos.

Ya se ha dicho que estas cuestiones generan emociones que, indefectiblemente, en el plano comunitario y social, nos llevan a las medidas basadas en el sentido común. No por frecuente debemos rehuir el debate.

El sentido común nos propone al castigo como respuesta porque es sencillo y, además, las medidas que se proponen tienen “quizás apariencia de justicia”. Lo sencillo es retribuir una acción inadecuada, mala y/o delictiva mediante la punición, con la esperanza puesta en que la disuasión haga el resto. El castigo ejemplarizante, que además es merecido, es la mejor medicina. Nos lo pide el cuerpo y la mente.

La respuesta sencilla no está exenta de artificios tendentes a la justificación compleja acerca de la necesidad del uso de lo punitivo. La persona interesada en esta cuestión puede acudir a los textos de Garland o Foucault, por clásicos, pero también a los de José Luis Díez Ripollés o Santiago Redondo, por actuales y por basarse en el conocimiento científico.

Los artefactos teóricos acerca de cómo combatir el mal con el castigo nos han dado un bonito eslogan, pero peligroso oxímoron: la tolerancia cero. La ausencia de tolerancia. El oxímoron lo inventó en 1988 la “tierra de las libertades”, ironías de la vida, Estados Unidos, asaz dispuestos a prevenir el uso de drogas mediante una política de tolerancia cero al respecto. “Allá donde haya paz o no exista el tiempo”, cantaba León Gieco.

Sin embargo, tolerancia y cero son antónimos. La tolerancia se basa no sólo en el respeto y en la comprensión, sino también en acciones positivas encaminadas a conseguir una adecuada convivencia y paz social. Añadiendo el cero, el camino que tomamos nos refiere por necesidad a las acciones negativas dirigidas a castigar aquello que es intolerable, por lo que no parecen buenos compañeros de viaje.

No hace mucho, en la presentación de un programa de construcción de convivencia, se aludía a que “para detectar y resolver pacíficamente los conflictos, [se utilizaría] un modelo de intervención integrado (punitivo y relacional) y de mediación”. Lo punitivo no es pacífico. Lo punitivo es la otra cara de la moneda del conflicto, en la cual la violencia se combate con violencia.

Sabemos que la mejor manera de evitar (prevenir) e intervenir es mediante acciones tendentes a dar apoyo social a los infractores; sabemos que los ingredientes para conseguir el cambio de conducta se fundamentan en enseñar habilidades sociales, en dotar de herramientas alternativas a la violencia, en construir, en definitiva, valores y respuestas positivas ante situaciones de conflicto y desacuerdo.

No es menos cierto que, ante hechos extremadamente graves, los valores positivos derivados de la tolerancia y del conocimiento científico para prevenir e intervenir, pueden ser intercambiables por acciones punitivas, en tanto en cuanto el merecimiento de una sanción a una conducta inadecuada no está en tela de juicio. Lo que se defiende en este punto es que este intercambio basado en la tolerancia cero se genera siempre en el mismo sentido: sustituir acciones positivas por acciones punitivas. Y ello no debería ser así si lo que pretendemos es construir una adecuada convivencia.

La intercambiabilidad en sentido opuesto es posible y, en múltiples ocasiones, altamente positiva: sabemos que la intervención basada en la tolerancia y en la educación, sustituyendo la intensidad o la duración del castigo, da mejores resultados a medio y largo plazo.

Hace poco, una agresión en Toledo (deleznable, como todas, y para evitar lecturas inadecuadas de este texto) provocó una concentración cuyo “objetivo principal era la reivindicación de una educación en valores como el respeto, la tolerancia y la convivencia”. En el manifiesto leído por la directora del centro se aludía a que “debemos tener tolerancia cero contra todo tipo de violencia, falta de amor y de respeto”.

En definitiva, en una concentración por la tolerancia llamamos a la intolerancia. No podemos dejar de pensar en el Ensayo y carta sobre la tolerancia de Locke (página 58), quien decía que “…todos los que hablan en contra de la tolerancia parecen estar suponiendo que el rigor y la fuerza son las únicas artes de gobierno”.

A modo de síntesis, de lo que se trata es de reflexionar: la tolerancia se fundamenta en valores positivos, en la ayuda a quien lo necesita (¡un agresor es una persona con necesidades más que evidentes!), en tratar, en enseñar, en apoyar y en educar. La tolerancia cero suprime todos esos valores por acciones represivas, punitivas, renunciando a enseñar y apostando por castigar.

Por otra parte, convendría también referirnos a las víctimas: la tendencia a pensar que las necesidades de las víctimas pasan por el castigo del infractor es también común. No obstante, las víctimas necesitan reparación y resarcimiento, lo cual pasa también por esos valores derivados de la tolerancia: ayuda, tratamiento, apoyo. No en pocas ocasiones dicho resarcimiento pasa por las acciones positivas a cargo de la persona infractora. Y, huelga decirlo, no es un enfoque incompatible: las necesidades de agresores y víctimas requieren de ingredientes distintos y de acciones diferenciadas, pero complementarias.

Cuestión distinta es debatir sobre qué queremos: es legítimo desear más castigo y que éste se expanda, pero no es legítimo revestirlo de artificios con el fin de defender lo indefendible.

Lo aparentemente sencillo: la combinación de antónimos para crear un oxímoron. La perversión de la función de la vida en sociedad.

Pedro Campoy Torrente, director técnico de School Safety, criminólogo y profesor universitario.

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