Una historia de Navidad: “De los Pirineos hasta El Teide”

marco y amedio

Fui de esos niños que ya desde pequeño vio afectada su existencia por los problemas de la distancia. Marco, su madre y Amedio, hicieron mucho daño en el subconsciente colectivo de toda una generación. Todos sufrimos el desamparo de un niño al que su madre tuvo que abandonar temporalmente para procurarle una vida mejor. Eran unos dibujos ñoños, lo sé. En mi caso siempre tuve más debilidad por las aventuras de Emilio Salgari y las vicisitudes de Sandokán, su fiel lugarteniente Yáñez de La Gomera y su amada Lady Mariana, pero en todo caso es innegable que muchos sufrimos las desventuras y aventuras de Marco y Amedio para encontrar a su madre allende el océano.

En cierto modo ese espíritu de lucha, de superación, de traspasar la barrera de lo desconocido, llegó a los niños de nuestra generación como valores inherentes a la persona. Obviar las fronteras; las dificultades de la comunicación, de la lengua; soslayar los miedos; y recorrer los anchos campos del globo en un aprendizaje constante de la mano de un amigo, fueron atributos con los que vivimos todos los fines de semana durante unos cuantos años.

Esta historia de Navidad, en un año tan infausto y desgraciado como este, tiene mucho de esos valores y contexto. Nuestra historia, que se soporta en todos esos atributos y características, también tiene un océano que separa unos escenarios de otros porque narra lo acaecido en todos esos meses en los que nuestra sociedad se vio golpeada por la pandemia y en la que todos los docentes, desde los Pirineos hasta el Teide, dieron respuesta a las necesidades de nuestros hijos y mantuvieron el sistema educativo activo y seguro.

El mismo océano, por cierto. Será casualidad.

Se diferencia, en cambio, de la historia de Marco en que no solo ha tenido un protagonista, sino muchos protagonistas. Tantos como esas profesoras y profesores que hicieron suyos esos valores y atributos y afrontaron una situación inesperada, en la que tuvieron que sortear, no solo dificultades técnicas o tecnológicas, sino que, además, dieron lo mejor de sí mismos para tratar emocionalmente las necesidades de los niños y niñas que tenían adscritos a sus grupos antes del funesto 14 de marzo. Y por qué no decirlo, los suyos propios y en muchos casos los de sus propios hijos o hijas. No sé si este pequeño detalle se nos había pasado por alto, pero resulta que muchas de esas personas que se ocupaban, atendían y educaban a nuestros hijos desde la distancia, tenían a los suyos menos atendidos en la cercanía. Quizá ya solo esta circunstancia les hiciera merecedores de un grandísimo reconocimiento que, por cierto, no han tenido aún.

Puede ser también casualidad, pero cuando pienso en esta historia de Navidad y la comparo con la de nuestro amigo Marco, se me viene a la cabeza el esfuerzo que han tenido que hacer todos estos docentes para adaptarse a una situación sobrevenida y del todo atípica; pienso en la valentía que han tenido para afrontar nuevos retos personales y profesionales; en la humildad de reconocer sus carencias tecnológicas y su afán de superación para aprender nuevas formas de enseñar y adaptar una metodología al nuevo entorno virtual; a soslayar su situación personal y dar lo mejor de ellos mismos para mitigar el estupor y sufrimiento de sus alumnos, incluso cuando ellos y ellas tenían las mismas dudas, incertidumbres y penurias; finalmente, a hacer de su amor a la profesión, una vez más, su razón de vivir.

Es posible que muchos de ellas y ellos hayan visto las aventuras de Marco en su niñez. Es posible que otros no y que simplemente haya sido su vocación de servicio y de atención a nuestros niños, lo que les ha movido a actuar tan altruista y diligentemente. El motivo es lo de menos.

Como estamos en estas fechas, quiero creer que a muchos nos queda algo de ese espíritu infantil que se nos insufló en su momento y de los valores que veíamos en todas esas series que nos tenían pegados al televisor los fines de semana. En todo caso, esta pequeña historia, con esta licencia animada que me he permitido contar, no es más que una excusa para reconocer el increíble trabajo, dedicación, esfuerzo, compromiso, que han tenido buena parte de los docentes de nuestro país, De los Pirineos hasta el Teide, y trasladar mi humilde reconocimiento a ello.

Gracias, maestras y maestros. Gracias, profesores y profesoras. Y gracias también a los equipos directivos y a todos los demás trabajadores de los colegios de este país, que han logrado que sean centros seguros y sanos para nuestros hijos e hijas.
Feliz Navidad y el deseo de un 2021 muy diferente a este maldito año que nos ha tocado sufrir.

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistemas

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