¿Y qué hacemos con los datos de los estudiantes?

Uno de los debates más habituales en el campo de la tecnología educativa es el relativo a los datos de los estudiantes. Es un tema que ha estado siempre ahí, pero que con la pandemia se ha redoblado, teniendo en cuenta que la educación digital se ha convertido en imprescindible.

Estos días hemos visto cómo algunos acusan a otros docentes o a la administración de «regalar los datos de los estudiantes a las multinacionales», y se han producido discusiones en las redes sociales, a veces con tonos encendidos, a favor de diferentes posturas y opciones. Está claro que los datos de los estudiantes se han convertido en caballo de batalla durante el coronavirus.

Simplificando mucho el debate, veremos fundamentalmente dos posturas. De un lado están los que piensan que en educación no se debería utilizar los servicios de empresas como Google especialmente, pero también Microsoft u otras, porque supuestamente esas compañías utilizarán los datos de los estudiantes para fines comerciales. Los que defienden esta opinión argumentan que hay alternativas que son más interesantes en términos de protección de los datos.

Del otro lado hay muchos partidarios de utilizar los servicios comerciales que ofrecen las multinacionales porque éstos aparentemente son más sencillos de utilizar, más ágiles y prácticos y por tanto les parecen mejores que otras alternativas existentes.

Datos y más datos

Es cierto que esta cuestión debe ser analizada. Debemos pensar en ello. Los datos de los estudiantes son importantes, y no podemos no estar informados de qué sucede con ellos. Conviene hacer una reflexión consciente.

En una sección anterior (Sensores, cámaras o wearables, ¿el Gran Hermano en la educación?) nos centramos sobre todo en la fascinación que existe hoy en día por recabar datos y más datos de los estudiantes. Ese enorme interés viene porque se supone que de esa manera se podrían crear mejores productos educativos gracias a ellos. Pero en general somos escépticos frente a esa posible mejora educativa producida por los datos de los estudiantes. Ya lo explicamos en su día.

El problema que tratamos hoy es diferente: muchos creen que los datos de los estudiantes podrían utilizarse para fines ajenos a la educación. Debemos responder a esta pregunta.

China y Rusia

Lo peor que podría pasar es que los datos de los estudiantes fueran a parar a un estado totalitario. Por suerte nosotros vivimos en democracia, pero esto no sucede en todos los países del mundo. Por ejemplo, desde nuestra perspectiva occidental, la datificación que se está produciendo en China, también en educación, resulta absolutamente indeseable. El estado lo sabe todo sobre el ciudadano.

Nosotros pensamos que esto coarta la libertad de los individuos. Quizá los partidarios del régimen chino puedan pensar que esto es una garantía para el buen fin de su sociedad, pero para nuestra mentalidad se trata de algo intolerable.

Pero no nos vayamos tan lejos geográficamente. Esta semana hemos visto la noticia de que se va a instalar un sistema de reconocimiento facial en 43.000 escuelas de Rusia. Se supone que el sistema va a servir para mejorar la seguridad en el interior de los centros. Observando la deriva autoritaria de Rusia, realmente da cierto reparo ese despliegue masivo de tecnología en sus escuelas.

Para rizar más aún el rizo, se ha bautizado oficialmente el despliegue ruso con el nombre de «Orwell», que es el apellido del escritor británico autor de la novela distópica «1984», que muchos toman como referencia para criticar lo negativo de una administración que controla a los individuos. No somos capaces de discernir si esto es una broma de mal gusto o una indicación de que los dirigentes rusos tienen interiorizada una impunidad absoluta de sus actos.

Seguridad adecuada

Pero volvemos a nuestra realidad de democracia avanzada occidental. Es lo que vivimos por suerte en España. Aquí, la polémica tiene más que ver con aspectos comerciales y no políticos. Esto debería estar absolutamente claro. ¿Google, Microsoft u otras empresas podrían obtener ventajas gracias a una supuesta captura de datos de los estudiantes?

En este sentido siempre es interesante e instructivo escuchar todas las opiniones. Pero lo es mucho más centrarnos en análisis rigurosos. Y precisamente hace pocos días se publicó un informe importante sobre Google Classroom, la herramienta sobre la que se ha generado más polémica. El informe es del Centro Criptológico Nacional, que es un organismo público que depende del Centro Nacional de Inteligencia. El informe completo está disponible en esta dirección de Internet (PDF).

Y la conclusión del informe es que «la solución Google Classroom, es conforme con las exigencias del Esquema Nacional de Seguridad». Se hace una distinción al final sobre las dos versiones de G-Suite, la solución que proporciona la funcionalidad al producto y «la relación con otros productos que se entienden necesarios para dar soporte académico al alumnado». El Centro Criptológico Nacional establece que «la versión G-Suite Enterprise for Education es la que ofrece las características de seguridad más adecuada para un alineamiento efectivo con el Esquema Nacional de Seguridad».

Así que, por definir nuestra postura en el debate que estamos comentando, pensamos que el criterio que debe seguirse para elegir entre una herramienta u otra debe ser el pedagógico, porque no está demostrado que las herramientas comerciales resulten inseguras con respecto a la seguridad informática o al tratamiento de los datos de los estudiantes. Por tanto, deberá elegirse la herramienta que se considere mejor.

Y ese sí que es un debate más interesante.

Julián Alberto Martín

La tecnología, ¿mejora la educación?

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